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domingo, 28 de julio de 2019

Salvar el mundo

He conocido a una persona que me ha asegurado tener sueños proféticos. Digamos que se llama Susi.
Susi asegura que dentro de unos años se producirá algo parecido a un armagedón, donde cuatro mujeres, lideradas por ella, logran salvar el mundo y llevarlo hacia un futuro nuevo.

Yo respeto mucho los sueños - sean o no proféticos - de las personas que me los explican; es más, soy fiel creyente del Talmud, cuando dice: " Un sueño sin interpretar es como una carta sin leer"; pero de ahí a decir que los sueños son proféticos, creo que hay un paso enorme, más si estos son salvíficos ante el fin del mundo.

Susi me explicó que ella lideraría la salvación del mundo y que sentía que yo sería una de esas cuatro mujeres que la acompañaría en la hazaña. Yo, la verdad, lejos de sentirme valorada me sentí, realmente, preocupada: estoy atravesando un periodo de sentirme muy vulnerable por lo que me es muy difícil ver cómo acertar a compartir esta misión de salvar el mundo, es más me viene grande, muy grande.

Hace tiempo que salvar el mundo, erradicar guerras o el hambre se me hacen sueños imposibles. Hace algún tiempo que he escogido el entorno inmediato, las personas que me rodean y que forman parte de mi vida o de mi camino. Tampoco aspiro a salvarlas, de hecho, no creo que sea capaz de salvarme a mi misma; tan sólo creo que puedo colaborar en hacer algunos momentos mejores, más agradables, momentos para recordar. Ya sea impartiendo clase de castellano a personas migrantes o visitando a los internos del CIE, no evitaré sus realidades, sólo les puedo llevar un tiempo amigo, un tiempo de ser escuchados: sin salvación, sin solucionar sus problemas; sólo escuchar.

domingo, 16 de septiembre de 2018

Lo políticamente correcto

Nuestra vida, nuestra sociedad está alcanzando altas cotas de lo políticamente correcto.
Está muy bien, sin duda. Ser políticamente correcto nos permite vivir en sociedad, más o menos en comunidad, sin generar altercados ni discusiones que rompan la tranquilidad vecinal.
Sin duda, podemos decir: qué bien!qué políticamente correcto que soy!

Además nos da tranquilidad. La tranquilidad de hacer o, mejor de no hacer nada, porque ya soy políticamente correcto y por esta razón ya contribuyo. Por ejempo, no tengo que ayudar a los inmigrantes porque ya expreso verbalmente mi pena por su situación e incluso se me cae la lagrimilla cuando veo las fotos o los vídeos en internet. Ya he cumplido, así que a otra cosa, mariposa.

Tampoco hace falta que enjuicie y pida explicaciones al gobierno de mi país por las concertinas en la vella de Melilla o por la propia valla. Ya he dicho que me parecía atroz y además, como otros países lo hacen, pues será que es el medio más eficaz, no?

Y así, podemos ir sumando.

Hay tantos casos en que no hacer está justificado porque ya lo he dicho, ya lo he expresado verbalmente y, con eso, es suficiente. Y además, lo he dicho de manera muy correcta, sin enervarme y sin causar más polémica innecesaria. Porque lo demás es molestar. Recordar continuamente que tenemos CIEs gestionados como centros de delincuentes, recordar continuamente que el Mediterréneo tiene más muertos que contaminación o que la gestión de fronteras de la UE es una mierda, eso no sería políticamente correcto. Perdón, decir “mierda” en un post tampoco es políticamente correcto. Pero es que llevo tiempo saliéndome del patrón o queriendo salir sin que me reprendan por dejar de ser políticamente correcta.

jueves, 16 de agosto de 2018

Harish


Hasta ayer él era el paki del súper de la plaza, tal cual.

Sin embargo, ayer se convirtió en persona o, mejor dicho, le vi como una persona cercana, con sentimientos, sensible, con sus preocupaciones; pero sobre todo, le vi como una persona cercana, alguien que ya forma parte de mi comunidad, cuyos problemas me preocupan y su tristeza me afecta. 

Ayer el paki del súper de la plaza se convirtió en Harish.

Ayer pasé a comprar alguna cosa que me hacía falta para la cena. Como siempre nos saludamos, hicimos alguna broma y finalmente, fui a la caja para pagar. Al llegar allí, Harish – ya siempre será Harish – estaba muy serio con la mirada perdida. Al cobrarme, me miró y pude ver que tenía los ojos enrojecidos. Le pregunté que qué le pasaba y, entonces, fue cuando no pudo contener las lágrimas. Al principio no me contestó, sólo sacó un pañuelo y se enjugó las lágrimas. Yo insistí porque me preocupé: quizás le pasaba alguna cosa.

No, estoy bien – me dijo – es que Marta, la chica que vive en este portal se va a vivir a otro sitio con sus padres y esto me pone muy triste. Son muy buenas personas; a mí me han ayudado mucho, han sido muy buenos conmigo cuando llegué al barrio y ahora no los volveré a ver.
Harish seguía llorando por la pena de no volver a ver a sus amigos.