jueves, 29 de octubre de 2026

Todo cambia. Todo sigue igual

 Hay frases que envejecen sin perder filo. Hace veinticinco siglos, en Éfeso, Heráclito dejó escrito que no podemos bañarnos dos veces en el mismo río, porque aguas siempre nuevas corren hacia quien se baña (Kirk et al., 1987). Platón resumió su doctrina en una fórmula que ha hecho fortuna: todo se mueve y nada permanece.

Casi al mismo tiempo, en Elea, Parménides sostenía lo contrario. El ser es y no puede no ser; el cambio es apariencia, opinión de mortales que confunden lo que ven con lo que es. La filosofía occidental nació, pues, escindida entre dos intuiciones que parecen excluirse.

Sin embargo, cualquiera que haya vivido lo suficiente sabe que ambas son verdad a la vez. Cambian los rostros, las tecnologías, los nombres de los partidos. Persisten la ambición, el miedo, la necesidad de un techo y de alguien que nos reconozca. Todo cambia. Todo sigue igual.

El sabio que no se dejaba engañar

La Biblia conoce bien esta paradoja. El Eclesiastés, o Qohelet, la formula con una lucidez casi brutal: lo que fue, eso será; lo que se hizo, eso se hará; nada hay nuevo bajo el sol.

No es pesimismo barato. Qohelet observa el ir y venir de las generaciones, el sol que sale y se pone, el viento que gira y vuelve a girar. Y concluye que el ser humano no se salva acumulando novedades. La agitación no equivale a progreso. Correr no es llegar.

San Agustín añadió una capa decisiva. En las Confesiones, el tiempo deja de ser solo un fenómeno cósmico y se convierte en experiencia interior: el alma se distiende entre la memoria del pasado, la atención al presente y la espera del futuro. Esa alma, dispersa en lo que pasa, busca algo que no pase. De ahí su célebre confesión inicial: nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Dios . La inquietud no es un defecto que corregir, sino una brújula.

El gatopardo en campaña

Giuseppe Tomasi di Lampedusa puso en boca de Tancredi, el sobrino del príncipe de Salina, la versión política de esta paradoja: «Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie» (Tomasi di Lampedusa, 1958). El gatopardismo se ha convertido desde entonces en sinónimo de la reforma cosmética, del cambio que se anuncia para que nada esencial se mueva.

España vive estas semanas una ocasión perfecta para releer a Lampedusa. El 5 de octubre, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, anunció la disolución de las Cortes y el adelanto de las elecciones generales al 29 de noviembre. La decisión llegó después de que el Congreso rechazara dos decretos sobre el alquiler de vivienda, con el voto decisivo de Junts sumado al de la oposición (Redacción Primicias, 2026). Una legislatura que debía llegar a 2027 se cierra antes de tiempo, entre fragmentación parlamentaria, investigaciones judiciales y protestas por el acceso a la vivienda.

Todo cambia: habrá nueva campaña, nuevos carteles, nuevos eslóganes, quizá un nuevo Gobierno. Y todo, en buena medida, sigue igual: jóvenes que no pueden emanciparse, alquileres que devoran salarios, desconfianza hacia las instituciones y la tentación de cada bloque de presentar al adversario como amenaza existencial.

No se trata de repartir culpas. Cada fuerza política ofrecerá su diagnóstico y los ciudadanos decidirán en las urnas. Se trata de advertir una estructura que se repite. Las urnas pueden cambiar el quién; el qué y el cómo dependen de algo más hondo.

Ni Heráclito ni Parménides

La tradición cristiana ofrece aquí una salida que no es la de Heráclito ni la de Parménides. No niega el cambio, porque Dios se hace carne e historia. Tampoco absolutiza el flujo, porque esa historia tiene un centro que no se desgasta. La carta a los Hebreos lo expresa en una línea: Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre. Lo permanente no está detrás del cambio como un decorado inmóvil, sino dentro de él como fidelidad.

Esto tiene consecuencias políticas. Quien sabe que nada humano es definitivo puede comprometerse sin fanatismo: votar, debatir y reformar, sabiendo que ningún programa salva y que ninguna derrota condena. Quien sabe que algo permanece puede juzgar las novedades con serenidad, sin la ansiedad de creer que todo se juega en cada titular. La esperanza cristiana no es optimismo electoral; es la certeza de que la historia no está abandonada a sí misma.

Nada te turbe

En el siglo XVI, en una Castilla también convulsa, Teresa de Jesús escribió unos versos que caben en un marcapáginas y sostienen una vida: «Nada te turbe, / nada te espante, / todo se pasa, / Dios no se muda». Ahí se reconcilian Heráclito y Parménides. Todo se pasa: el río corre, los Gobiernos caen, las campañas se olvidan. Dios no se muda: hay una roca bajo el agua.

Ante el ruido de las próximas semanas, quizá la tarea más necesaria no sea elegir entre el cambio y la permanencia, sino aprender a habitar ambos: comprometerse con lo que pasa desde lo que no pasa. Votar con lucidez, conversar sin odio, cuidar a quien no tiene casa. Y, al final del día, dejar que el corazón inquieto descanse donde puede descansar.

Todo cambia. Todo sigue igual. Y, en medio, Alguien permanece fiel.

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