Mostrando entradas con la etiqueta justicia global. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta justicia global. Mostrar todas las entradas

viernes, 12 de noviembre de 2021

El peón: alma del ajedrez


 El peón es la pieza más humilde e, incluso, infravalorada en el juego del ajedrez: tiene tan solo el valor de un punto frente a la torre que representa cinco o la dama que representa nueve. Es humilde, sí: avanza las casillas de manera frontal y una a una, sin avasallar, sin saltarse ningún escaque y, por descontado, sin saltarse ninguna otra pieza. Pero, también son piezas que, a menudo, están infravaloradas por aquellas personas que no saben o no recuerdan que pueden transformarse en otros trebejos percibidos como más valiosos, el más valioso, en este caso la dama. Esta potencial transformación se hace posible si el peón llega al final opuesto del tablero. Adicionalmente, al peón no le está permitido retroceder; esta regla añade una gran delicadeza en la decisión del movimiento del peón.

En estos días la agenda-setting nos trae noticias de la llegada masiva de personas migrantes a la frontera entre Polonia y Bielorrusia. No se trata de una crisis migratoria propiamente dicha, es decir, no se ha producido recientemente un acontecimiento de impacto que sea la causa de un movimiento repentino de personas. Se trata de la perversión del juego del ajedrez en que se han movido piezas con el único fin de ganar terreno. En el tablero, los peones se estructuran como ligados, pasados y/o avanzados entre otras posiciones: pero en la frontera de Polonia, en otras fronteras, se hacinan personas -adultos, jóvenes, niños y niñas- que han llegado de diversas procedencias y que no pueden organizarse al no tener recursos. En muchos casos, llegan a las fronteras movidos por noticias falsas en que se promete facilidad en el paso a Europa, en regularizar la situación, en definitiva, en ser acogidos.

Esta situación no es nueva; quizás sí lo es el ámbito geográfico -la frontera norte de la UE-, pero no la jugada: no hace mucho, el conflicto diplomático entre el Reino de Marruecos y el Reino de España se escenificó a la luz de una pretendida crisis migratoria, en que más y más peones -las piezas más humildes y las que pueden llegar a ser las más valiosas- llegaban a territorio español. También Libia ha utilizado en el pasado a personas migrantes como medio de presión y negociación. Y estos son sólo dos ejemplos próximos en el tiempo.

Tratar a las personas, especialmente a las migrantes que han dejado todo atrás, como si fueran peones de los cuales se ha olvidado su potencialidad, ha sido y es práctica habitual a lo largo de la Historia. Son personas anónimas, de las que no conocemos sus nombres, cuyas imágenes bajo la lluvia y el frío nos conmueven, pero que olvidamos enseguida cuando la noticia es reemplazada por la siguiente: apenas se publican ya en las primeras páginas noticias de Afganistán, de Venezuela o de la frontera entre México y Estados Unidos.

Esta parece ser la modalidad de una nueva guerra en el Occidente del siglo XXI, donde se prefiere la acción mediáticamente cruel al diálogo diplomático alejado de los focos. La imaginaria civilización occidental ha evolucionado y la aversión a generar o participar en un conflicto armado prima sobre cualquier otra decisión. Sin embargo, el medio por el cual se articulan las decisiones -incluso en el quimérico terreno diplomático- permanece intacto: tratar a las personas como peones en su más pobre consideración, como la pieza que menos puntuación aporta, olvidando que dentro de sí encierra un gran potencial de transformación.


Foto de George Becker: https://www.pexels.com/es-es/foto/pieza-de-ajedrez-de-madera-peon-marron-136349/

jueves, 20 de mayo de 2021

Yo sólo venía a buscarme la vida


 

Hace unos días se publicaba en elDiario.es la noticia de la detención de una joven española -María- al entrar en Reino Unido. La causa era que se encontraba en una situación administrativa irregular: llegaba para buscar trabajo, sin contrato y sin visado. El titular del artículo decía: «La española detenida al entrar en Reino Unido tras el Brexit: «Venía a buscarme la vida y se me ha tratado como a una delincuente»»[1].

Tuve que leer un par de veces el artículo para ver lo excepcional del caso: «Ah, claro, me dije, María es española, es decir, europea». Ahí estaba la excepcionalidad en que la joven procedía de un país de la Unión Europea. Esta joven y hasta otros treinta viajeros procedentes de Alemania, Italia o Grecia, entre otros países, han sido detenidos y retenidos en algún Centro de Internamiento para Extranjeros desde que el Reino Unido dejó la Unión Europea.

Y, aunque es una situación nueva, originada por la nueva situación política del Reino Unido, yo solo veo la excepcionalidad de la noticia en dos puntos:

El primero es que se trata de una ciudadana europea. ¿Por qué? Es fácil de responder: porque esta situación se repite constantemente para otros extranjeros que llegan al territorio español, para «buscarse la vida» exactamente igual que la joven que nos da su testimonio. Un testimonio que me remite a Karim que llegó a España para «buscarse la vida» desde Guinea, o a Abdou, que llegó a España para «buscarse la vida» desde Camerún, o a tantos y tantas que llegan con la misma finalidad: «buscarse la vida». Y sí, también la entiendo a la perfección cuando habla de sentirse tratada como una delincuente, del miedo, del no saber qué está pasando, de la imposibilidad de comunicarse con sus familiares, de la falta absoluta de información, de que te encierren en algo que es como una cárcel sin haber hecho nada… Por supuesto, ¿cómo no la voy a entender si los dos últimos años he visitado una vez por semana a Karim, a Abdou y a tantos otros internos en el Centro de Internamiento de Extranjeros (CIE) de la Zona Franca de Barcelona? Es el mismo relato de miedo, de indefensión y de injusticia; sí, el mismo, pero en el caso de Karim o de Abdou se agrava porque vienen huyendo de la miseria y hasta de la guerra, porque además en el destino no tienen a nadie que les informe o que vele por ellos y porque en el Centro de Internamiento de Barcelona las condiciones son incluso peores que en una prisión, aun en las épocas en que no vivíamos en pandemia.

He de reconocer que este relato, que para mí es familiar por las visitas de acompañamiento realizadas a los internos en el Centro de la Zona Franca, quizá pueda ayudar a algunas personas a entender cómo se sienten las personas en proceso de migración que son encerradas por la misma razón que María. Este relato de miedo, indefensión e injusticia explicado por alguien más o menos cercano nos hace empatizar con ella, tanto con la injusticia cometida como con el torbellino de miedo que debió sentir durante aquellas horas.

En segundo lugar, la excepcionalidad más significativa de la noticia, está en el sentimiento de la joven de ser «tratada como una delincuente». Para ser exacta, no en el sentimiento en sí, sino en que una española, una persona como yo, ha sido tratada como una delincuente por el simple hecho de estar en situación irregular, es decir, sin los papeles y/o condiciones que el Reino Unido exige para aquellos viajeros cuya finalidad es establecerse en el país más allá de la motivación de un viaje turístico. Y aquí es, en realidad, donde me gustaría incidir. María se sintió tratada como una delincuente. Y es así, porque la privación de libertad se entiende como una pena que responde a un proceso penal y no a un proceso administrativo. A uno no le llevan a la cárcel por aparcar en doble fila, o  por olvidarse de renovar el DNI. (Hay que recalcar que entrar en España sin los papeles exigibles no es delito, sino falta administrativa). Pero esta es la realidad de miles de personas que llegan a España y que son tratadas como delincuentes. Lo que en el caso de María se puede llegar a ver como «medidas desproporcionadas» por el simple hecho de ser ciudadana europea, en muchos otros lo vemos como justificado porque en el imaginario colectivo, subsaharianos, norteafricanos o latinoamericanos -por citar los orígenes más comunes de las personas migrantes que llegan a España- son calificados en mayor o menor medida como delincuentes, o como potenciales delincuentes.

¿Por qué empatizamos con el relato de María, pero lo justificamos con tantas otras personas como Karim o Abdou? ¿Por qué no damos legitimidad a todas aquellas personas que vienen a «buscarse la vida»? ¿Por qué seguimos prejuzgando negativamente al que viene de fuera?

La respuesta es dolorosa, pero no por ello debe ser ignorada: la xenofobia y el racismo siguen estando vivas en nuestra forma de pensar y nuestras expresiones cotidianas y, lo que es aún peor, en nuestra mirada sobre las otras personas. Volviendo a leer el artículo, propongo el ejercicio de sustituir el nombre María y su país de origen, por otros tales, como Ahmed, procedente de Argelia; Aziz, procedente de Marruecos; Karim, procedente de Guinea; y así un largo etcétera de personas que llegan a nuestro territorio.

Es cierto que los Centros de Internamiento para Extranjeros (CIE) son mayoritariamente desconocidos, o ignorados, por la opinión pública. Tampoco es menos cierto que algunas de las personas que conocen estos centros, los justifican diciendo que las personas migrantes no deben estar aquí y que merecen ser privadas de libertad. Pero esto no justifica que ignoremos que en España, solo en el 2019, se produjeron más de 11.000 repatriaciones forzosas y, aunque en el  2020 fueron muchas menos debido a las limitaciones impuestas por la Covid19, es un número que se ha venido incrementado geométricamente desde el 2014.

Durante estos dos últimos años he escuchado muchas veces las mismas frases de María: «Te ves en una situación de desesperación, de «no sé realmente por qué estoy aquí, porque yo solo cometí un error»» o «Yo venía aquí a buscarme la vida y se me ha tratado como una delincuente». Las hemos escuchado todas las personas que visitamos internos tanto en el Centro de Internamiento de la Zona Franca como en los otros que existen en España, con el mismo sentimiento de impotencia ante un mantra inacabable y que se repite en cada uno de ellos.

¿Por qué la historia de María es, pues, diferente? ¿Por qué es noticia? Pues porque se trata de una ciudadana europea y que, por tanto ésta no puede ser considerada más que una persona inocente «que iba a buscarse la vida», mientras que los miles de subsaharianos y magrebíes que mueren en nuestras costas no pueden ser más que potenciales delincuentes aunque también solo vengan a «buscarse la vida».

***

[1] ElDiario.es (14/05/2021): https://www.eldiario.es/desalambre/espanola-detenida-entrar-reino-unido-brexit-venia-buscarme-vida-tratado-delincuente_128_7935189.html

martes, 6 de octubre de 2020

La mirada, la conciencia, el testigo



Ser testigo es el proceso de mirar hacia el exterior y hacia el interior simultáneamente.

Cuando dirigimos la mirada hacia cualquier objeto exterior, algo, incluido en esta mirada nuestra, se dirige hacia ese objeto, lo toca y lo envía de nuevo a nosotros. Esto que sale de nuestra mirada para tocar ese objeto y percibirlo es lo que llamamos atención, entendiéndola en sentido amplio, como consideración.

Para que esta consideración se produzca, las tradiciones asiáticas antiguas explican que la energía vital –prana o chi– es lo que sale en esta mirada hacia fuera y transporta la vibración de la conciencia y la sensibilidad hacia el objeto. Desde esta experiencia se dice que la atención o consideración es la conciencia sumada a la energía vital. Es como si una flecha saliera y tocara el objeto; simultáneamente, una segunda flecha vuelve hacia nuestro interior y toca nuestro corazón y nos obliga a observarnos a nosotros mismos, en un ‘observar al observador’. Lo que ocurre entonces es que el que observa se autoobserva y en este proceso, hace desaparecer su condición de observador, produciendo un fenómeno de fusión entre lo observado y sí mismo, el observador. Esta fusión produce una mirada sencilla a la que llamamos ser testigo. Cuando se experimenta este proceso y la persona se convierte en testigo es cuando se desarrolla una relación de intimidad y vinculación con el objeto observado.

Si en lugar de un objeto observamos una persona, otra persona, como nosotros mismos, entonces somos testigos de la otra persona, a la que miramos, y se abre un vínculo de comprensión que produce un cambio en nuestra conciencia: tomar conciencia sobre el otro es hacerlo sobre nosotros, sobre quién somos y de qué somos parte.

Sabiendo que esta capacidad vive en todas y cada una de las personas que habitamos el planeta, resulta extraño ver la frialdad, quizás indiferencia con que recibimos las terribles imágenes que nos llegan, por ejemplo, en el caso del campamento de Moria, en la isla de Lesbos, en Grecia. No hace falta estar allí para compartir el miedo a perder el hogar y la seguridad; no hace falta estar en Moria para saber la importancia de que los pequeños reciban formación reglada; tampoco hace falta estar en Moria para sentir lo que debe ser no tener una asistencia sanitaria mínima, comenzando por el saneamiento del agua. No hace falta. Sin embargo, cuando los medios de comunicación nos dan a conocer esta situación –serviría también la de los campos de refugiados, por ejemplo– nuestra mirada parece carecer de esta energía vital –prana o chi, decía antes– que la pueda convertir en conciencia. Y esta conciencia es sustancial para el cambio. Sin esta conciencia que supone el haber despertado a las realidades de las otras personas, no nos rebelamos contra lo establecido, al contrario, damos por ‘normal’ la existencia de los campos de refugiados ya sea que estén en Grecia o en algún país de África Oriental, Turquía o Libia; damos por ‘normal’ el éxodo de miles de personas hacia nuestra frontera sur y las muertes que se producen en el Mediterráneo por el naufragio de pateras o damos por ‘normal’ que personas migrantes sean encerradas en Centros de Internamiento para Extranjeros (CIE) hasta que son repatriados.

La normalidad es aquello que aceptamos como parte de nuestras vidas o de la realidad que nos afecta y que, al ser aceptado, parece no precisar de cambio alguno. Esta decisión la tomamos dependiendo de la mirada que el objeto observado nos devuelve. Solo si somos capaces de vivir esta fusión entre lo observado y nosotros mismos, tomamos conciencia del otro y, más allá de si atendemos a la capacidad de profundizar más, tomamos conciencia de que el otro soy yo.



Foto de Dziana Hasanbekava: https://www.pexels.com/es-es/foto/ligero-mujer-modelo-blanco-7626616/