En castellano, el verbo pretender guarda una ambigüedad preciosa. Pretender es aspirar a algo, tender hacia ello con el deseo. Pero también, por contagio del inglés y de la vida misma, es fingir, aparentar, sostener una máscara. Entre esos dos sentidos se juega buena parte de nuestra existencia: entre lo que anhelamos llegar a ser y lo que simulamos ser para que los demás nos acepten. Pocas épocas han vivido esta tensión con tanta intensidad como la nuestra.
Christian
Bobin, que murió en 2022 en su Le Creusot natal, dedicó su obra a mirar
despacio. Escribía sobre un mirlo, sobre la luz de una tarde en una cocina,
sobre una anciana que espera el autobús. En Le Très-Bas, su libro sobre
Francisco de Asís, presentaba a un Dios que no se impone desde lo alto, sino
que se hace pequeño, que se esconde en lo más humilde. Para Bobin, lo sagrado
no está en otra parte: está aquí, en lo que despreciamos por insignificante. Su
espiritualidad no era una huida del mundo, sino una forma radical de habitarlo,
de dejarse herir por la belleza de lo que no pide nada.
Esa
mirada choca de frente con la lógica de nuestro tiempo. Vivimos en una sociedad
que nos exige ser visibles, productivos, opinantes. El trabajo nos pide que
seamos nuestra propia marca; las redes, que expongamos una vida editada; la
política, que tomemos partido con rapidez y sin matices. Pretendemos ser
alguien, y lo pretendemos en el sentido más pobre del verbo: fingimos.
Construimos un yo para el escaparate y después nos agotamos sosteniéndolo. No
es casual que el cansancio se haya convertido en la experiencia compartida de
una generación entera.
Lo
político empieza precisamente ahí, en la cotidianidad. Antes de los parlamentos
y las urnas, la política se decide en cómo miramos al vecino, en a quién
saludamos y a quién no vemos, en qué vidas consideramos dignas de atención. Una
sociedad que solo valora lo que brilla acaba volviéndose ciega para la mayoría
de sus miembros: la cuidadora que limpia de madrugada, el hombre mayor que
habla solo en el parque, el adolescente que no encaja en ningún perfil. La
invisibilidad es una forma silenciosa de exclusión, y su raíz está en una
atención mal educada.
Aquí
la intuición de Bobin se vuelve inesperadamente política. Si lo divino se
oculta en lo bajo, entonces mirar lo bajo es un acto de justicia. Detenerse
ante lo que no tiene valor de mercado es una pequeña insurrección contra un
sistema que todo lo mide. La atención, decía Simone Weil, a quien Bobin tanto
admiraba, es la forma más rara y pura de la generosidad. Prestar atención es
reconocer al otro como alguien y no como algo; es devolverle la dignidad que el
ruido le arrebata.
La
tradición religiosa siempre ha sabido que el yo verdadero no se fabrica, sino
que se recibe. La santidad nunca fue una cuestión de imagen. Los místicos
hablaban de vaciarse, de despojarse de las capas que el mundo nos pone encima,
para encontrar en el fondo algo que no depende del aplauso. Esa experiencia,
lejos de ser un lujo para contemplativos, podría ser hoy una medicina
colectiva. Una persona que no necesita aparentar es más libre, y una comunidad
de personas libres es más difícil de manipular. El narcisismo, en cambio,
resulta muy rentable: quien vive pendiente de su imagen consume, compite y se
compara sin descanso.
No
se trata de abandonar la plaza pública ni de refugiarse en un intimismo cómodo.
Se trata de recuperar el primer sentido del verbo. Pretender ser, en su
acepción noble, es tender hacia una vida más verdadera, más justa, más atenta.
Es aspirar a una sociedad donde nadie tenga que fingir para merecer un lugar.
Esa aspiración tiene una dimensión espiritual, porque exige conversión
interior, y una dimensión política, porque reclama estructuras que no castiguen
la fragilidad.
Bobin
escribía desde una vida discreta, lejos de los centros del poder literario, y
quizá por eso su voz llega con tanta claridad. Nos recuerda que la grandeza no
está en ser vistos, sino en ver. Que lo importante sucede a menudo sin
testigos. Que una sola mirada limpia puede reparar más de lo que creemos.
Tal
vez la pregunta decisiva de nuestro tiempo no sea quiénes queremos parecer,
sino a quién estamos dispuestos a mirar. Entre lo que fingimos y lo que
anhelamos hay un camino estrecho, y se recorre a pie, en lo cotidiano, día tras
día. Lo que pretendemos ser se juega ahí: en dejar de actuar para empezar, por
fin, a estar presentes.