martes, 17 de marzo de 2020

Reparar el mundo: el camino del no al si



Tikkún Olam[1] o reparación del mundo fue el nombre dado al valor que reconoce unidad en el interior de la diversidad y la opción por el bien común sobre la opción del abuso a las otras personas. Es un concepto que, según se nos ha transmitido, comenzó a gestarse de la mano de un patriarca babilónico, de nombre Abraham.
Hace ya unos 4000 años, aquellas personas determinaron la bondad de construir relaciones correctas y positivas. Abraham es tenido por el padre de las tres grandes religiones – judaísmo, cristianismo e islam – y uno de los hechos más característicos es que él y su familia habrían atravesado un largo camino por el territorio que, actualmente, recibe el nombre de Oriente Medio. Sin embargo, lo más importante fue que él representó la unidad de la familia humana y, por esto, Abraham es considerado el padre de todos nosotros. Sin embargo, no se trata sólo de lo que representaba, sino de su mensaje: la unidad, la interconexión de todo y la unidad de todos. Su valor esencial era el respeto, la amabilidad hacia el desconocido y fue extensamente conocido y reconocido por su hospitalidad.
En estos primeros veinte años del siglo XXI tenemos aún muchas relaciones que reparar. En esta sociedad global, la humanidad ya no está circunscrita a las tierras del Tigris y Éufrates, sino que desborda por las fronteras de todo el mundo. La reparación verdadera y profunda ha de transformar a todas las personas, sean hombres, mujeres, niños o niñas, sin preferencia, sin discriminación.
Pero ¿cómo continuar la tarea emprendida por Abraham? Un primer paso sería reconocer que existimos en una estructura única e interdependiente de unas personas para con las otras y despertar la conciencia de la necesidad de unión en cada una para llegar al óptimo funcionamiento de dicha estructura. Si como cristianos creemos tener la corresponsabilidad del cuidado de la Creación que nos fue dada, esto significa también asumir el uso correcto de los dones dados por Dios para el bien del mundo y de las otras personas.  
Por otra parte, el camino de Abraham también tiene una visión en cada persona, en cada una de nosotras, en nuestro comportamiento, en nuestro trato hacia las otras, nuestra hospitalidad y nuestra generosidad. Todas nosotras podemos recorrer este camino, prácticamente sin salir de la ciudad en la que vivimos. Podemos intentar ser más acogedoras con las personas que encontramos, con las personas que viven en la calle – los ‘sin techo’-, con los migrantes, incluso con el vecino de la escalera.
Para recorrer el camino de Abraham no hace falta irse a 5000 km de distancia de casa, sólo hace falta salir a la calle y comenzar a caminar. Este camino es un camino que va del "no" al "si", del no te conozco, al si te conozco; del no te comprendo al si te comprendo; del no te aprecio al si te aprecio; del no te ayudo, al si te ayudo. Éste es un camino al que todas estamos llamadas a transitar una y otra vez hasta que podamos decir que no hay ya más personas solas, agraviadas o desconsoladas; en definitiva, hasta que el mundo esté reparado.

Imagen con licencia creative Commons. Foto de ATC Comm Photo en Pexels


[1] La expresión Tikun Olam ya se utiliza en la Mishná en el siglo III. Indica que esta práctica promueve la armonía social. Gittin 4:02 Pesahim 88b

miércoles, 14 de agosto de 2019

El espacio interior de acogida

Es cierto que abrimos y cerramos la puerta de nuestra casa dependiendo de la persona que tenemos delante. Pero, a veces, por impresiones subjetivas no somos capaces de abrirla para otros, que, a priori, no nos caen tan bien o con los que no congeniamos por alguna razón o idea que nos hemos creado; en la mayoría de los casos, esta imagen es falsa.

Lo digo - escribo - por experiencia. Alguna vez he debido dar un paso atrás y reconocer a la persona de la que me había hecho una idea equivocada, tal vez por no dedicarle el tiempo suficiente, tal vez porque me explicaron algo sobre ella, tal vez... quién sabe!

La casa a la que hago referencia no es la física, de hecho,sino que hacía referencia a nuestra casa interior, ese espacio de acogida que todos tenemos como personas y en el que damos cabida a otras personas. Este espacio existe, por pequeño que sea, en todos nosotros y, de la misma manera, nos cuidamos de él.

Al igual que en nuestra casa física ordenamos, quitamos trastos y "hacemos espacio" podemos, en nuestro espacio interior, limpiar las ideas preconcebidas y tirarlas, podemos hacer espacio a nuevas personas a las que acoger, escuchar y cuidar. Todos podemos.


domingo, 28 de julio de 2019

Salvar el mundo

He conocido a una persona que me ha asegurado tener sueños proféticos. Digamos que se llama Susi.
Susi asegura que dentro de unos años se producirá algo parecido a un armagedón, donde cuatro mujeres, lideradas por ella, logran salvar el mundo y llevarlo hacia un futuro nuevo.

Yo respeto mucho los sueños - sean o no proféticos - de las personas que me los explican; es más, soy fiel creyente del Talmud, cuando dice: " Un sueño sin interpretar es como una carta sin leer"; pero de ahí a decir que los sueños son proféticos, creo que hay un paso enorme, más si estos son salvíficos ante el fin del mundo.

Susi me explicó que ella lideraría la salvación del mundo y que sentía que yo sería una de esas cuatro mujeres que la acompañaría en la hazaña. Yo, la verdad, lejos de sentirme valorada me sentí, realmente, preocupada: estoy atravesando un periodo de sentirme muy vulnerable por lo que me es muy difícil ver cómo acertar a compartir esta misión de salvar el mundo, es más me viene grande, muy grande.

Hace tiempo que salvar el mundo, erradicar guerras o el hambre se me hacen sueños imposibles. Hace algún tiempo que he escogido el entorno inmediato, las personas que me rodean y que forman parte de mi vida o de mi camino. Tampoco aspiro a salvarlas, de hecho, no creo que sea capaz de salvarme a mi misma; tan sólo creo que puedo colaborar en hacer algunos momentos mejores, más agradables, momentos para recordar. Ya sea impartiendo clase de castellano a personas migrantes o visitando a los internos del CIE, no evitaré sus realidades, sólo les puedo llevar un tiempo amigo, un tiempo de ser escuchados: sin salvación, sin solucionar sus problemas; sólo escuchar.

domingo, 21 de julio de 2019

A mi me hace ilusión

"A mi me hace ilusión..." ¿cuántas veces he oído esa frase en boca de otra persona? Acostumbra a ser una frase encaminada a pedir que haga algo, que realice una acción que o estoy rechazando o estoy a punto de rechazar.

Parece que cuando oigo ese "a mi me hace ilusión" estoy más cerca de decir que si porque de esa manera cumplo  las expectativas de mi interlocutor. A veces, sus expectativas y las mías confluyen y, entonces, está muy bien; pero, ¿qué pasa en aquellos momentos en que no coinciden?

Últimamente, cuando oigo esa frase ya no contesto "si, de acuerdo, lo haré" si no que me paro un momento y le pido algo de tiempo para pensar si puedo o no comprometerme a hacer lo que me pide.

El poder hacer esto, el dar ese paso hacia atrás y pedir ese tiempo para decidir, representa un gran avance para mi. Antes sentía la necesidad de cumplir las ilusiones de las otras persona, supongo que de esa manera me sentía más apreciada; lo que ocurría es que para hacer lo que a otros les hace ilusión debía invertir mi tiempo en ello, dejando de lado algo que, verdaderamente, a mi me hacía ilusión. Tenía el extraño sentimiento de haber agradado al otro pero mezclado con la frustración de no tener tiempo para mi.

Ahora, en la mayoría de los casos doy este paso atrás. No se trata de no hacer cosas por los otros sino de no hacer sistemáticamente cosas para los otros que para mi resultan ser "tareas vacías", desprovistas de ninguna motivación personal.

He podido salir de la telaraña que representa este "a mí me haría mucha ilusión" escuchando mis motivaciones más profundas; no ha sido fácil porque unido a ese si iba algo que yo sentía como estima o reconocimiento por parte de los otros. Poco a poco, vi que tenía tiempo para hacer lo que más feliz me hacía, e incluso, descubrir otros intereses. Es cierto, que la vida es un intercambio y también que hay tiempo para un poco de todo. Lo que sí ha cambiado sustancialmente en mis respuestas es saber quea, ya no siempre se trata de hacer lo que a los otros les hace mucha ilusión, sino de buscar qué me resuena y en qué encuentro una manera de expresión de mis motivaciones.


domingo, 16 de septiembre de 2018

Lo políticamente correcto

Nuestra vida, nuestra sociedad está alcanzando altas cotas de lo políticamente correcto.
Está muy bien, sin duda. Ser políticamente correcto nos permite vivir en sociedad, más o menos en comunidad, sin generar altercados ni discusiones que rompan la tranquilidad vecinal.
Sin duda, podemos decir: qué bien!qué políticamente correcto que soy!

Además nos da tranquilidad. La tranquilidad de hacer o, mejor de no hacer nada, porque ya soy políticamente correcto y por esta razón ya contribuyo. Por ejempo, no tengo que ayudar a los inmigrantes porque ya expreso verbalmente mi pena por su situación e incluso se me cae la lagrimilla cuando veo las fotos o los vídeos en internet. Ya he cumplido, así que a otra cosa, mariposa.

Tampoco hace falta que enjuicie y pida explicaciones al gobierno de mi país por las concertinas en la vella de Melilla o por la propia valla. Ya he dicho que me parecía atroz y además, como otros países lo hacen, pues será que es el medio más eficaz, no?

Y así, podemos ir sumando.

Hay tantos casos en que no hacer está justificado porque ya lo he dicho, ya lo he expresado verbalmente y, con eso, es suficiente. Y además, lo he dicho de manera muy correcta, sin enervarme y sin causar más polémica innecesaria. Porque lo demás es molestar. Recordar continuamente que tenemos CIEs gestionados como centros de delincuentes, recordar continuamente que el Mediterréneo tiene más muertos que contaminación o que la gestión de fronteras de la UE es una mierda, eso no sería políticamente correcto. Perdón, decir “mierda” en un post tampoco es políticamente correcto. Pero es que llevo tiempo saliéndome del patrón o queriendo salir sin que me reprendan por dejar de ser políticamente correcta.

domingo, 9 de septiembre de 2018

Haz tus preguntas, exige la verdad!

Demasiado a menudo aceptamos las cosas sin preguntar.
Aceptamos noticias, aceptamos órdenes, aceptamos sin más, sin preguntar ni siquiera un por qué.

En un tiempo en que se habla mucho de las fake news, seguimos dando crédito a todo lo que oímos. En algunos casos será por la falta de sentido crítico y en otras falta de tiempoo falta de interlocutores válidos. Qué más da! No hacemos, no nos hacemos preguntas.

Aprovechando los días de verano, he vuelto a ver la película Fair Game (Caza a la espia) cuya protagonista, Naomi Watts es una agente encubierta de la CIA, que es desacreditada cuando su marido cuestiona la necesidad de haber entrado en guerra con Iraq. Sean Penn, el marido, es un diplomático retirado que se dedica, entre otras cosas, a dar clases en la universidad y en un momento ya al final, les dice que hagan sus preguntas, que exijan siempre la verdad, porque si no la situación de dejarse ir va contra uno mismo.

Esta situación no es nueva. Ya en el evangelia de Marcos, exactamente en Mc 9, 30-37, encontramos que los discípulos “no se atrevían a preguntar”.

En un primer momento, lo más fácil es no saber la verdad. Permanecer en esta aceptación falsa y cómoda que nos mantiene en nuestra zona de confort. Pero qué pasa después? pasa que no somos capaces de pilotar nuestra vida, sólo nos quejamos por lo que otros han hecho, como si no fuera nuestra culpa no haber participado.

En este punto, es fundamental hacer preguntas, nuestras preguntas. Aclarar qué nos chirría, qué no entendemos y así, podremos siempre elegir y obrar en consecuencia. Pero además, através de estas preguntas, de nuestras preguntas, podemos exigir la Verdad.

domingo, 26 de agosto de 2018

El interruptor de la espiritualidad

Un amigo me decía ayer: “qué bien que mañana es domingo y llevo a los niños a misa: por fin, hacemos algo espiritual”
Yo, que estoy en un momento en que todo me resuena, me quedé con esa frase, dándole vueltas para entenderla y, sin poder evitar entrar en bucle, es decir, sin poder salir de la frase en cuestión.

El punto que me atrapó es la idea - errónea desde mi punto de vista - de que sólo podemos ser espirituales en momentos determinados, como - para los creyentes-practicantes - ir a misa. Está bien. Pero se me queda corto, muy corto, cortísimo y, totalmente, insuficiente.

Quiero que mi actividad diaria, sea cual sea, esté enmarcada en la espiritualidad y, más concretamente, en la espiritualidad cristiana. Mi actividad como laica puede ser un 360º de espiritualidad. No importa si estoy en el metro de camino al trabajo, o si estoy en el despacho o si estoy en el Raval, acompañando a jóvenes desubicados. No importa. Todo en la vida, cada paso, cada pensamiento, cada acción está llamada a realizarse en un marco espiritual, está llamado, pues, a tener una transcendencia que afecta - deseo que positivamente - a los otros y, por tanto, a mi misma.

Este ecosistema en el que quiero vivir, donde todo se presenta a través de una relación transcendente con el entorno, es un ecosistema espiritual,  el mío, el que defino dentro de mi cristianismo, de mi vida, y es mi marco de referencia.

Me rebelo ante la idea de tener un interruptor que encienda y apague mi espiritualidad; un interruptor que me diga ahora si, ahora no. Quiero una línea de actuación homogénea y en todas las áreas de mi vida. Quiero, ya lo he dicho, una vida reunificada entre lo espiritual y lo que, aparentemente, no lo es.