A menudo escuchamos que ser moderno significa ser afirmativo:
abrazar este mundo, sus placeres y su realidad tangible. Bajo esta premisa, el
cristianismo suele ser retratado como una fuerza negativa o
«pre-moderna», una fe basada en la renuncia, la ascesis y la negación
de la vida en favor de un más allá inexistente. Friedrich Nietzsche llevó esta
crítica al extremo, afirmando que el cristianismo es, en esencia, nihilismo,
porque devalúa los valores supremos de la vida natural.
Sin embargo, el texto de la segunda Carta a los Corintios
nos ofrece una perspectiva diametralmente opuesta: en Cristo no hay
«sí» y «no», sino que en Él hay solo el «sí».
¿Qué significa este «sí» en medio de nuestra
cultura?
- Más allá de los «valores» de mercado: Hoy hablamos de «valores» como si fueran mercancías en la bolsa, sujetos a estimaciones subjetivas y necesidades cambiantes. El cristianismo original no hablaba de valores, sino de virtudes (formas de ser) y de una persona, Jesucristo, que es la plenitud de la realidad.
- Un
optimismo metafísico: Como señala Louis Bouyer, el cristianismo es metafísicamente
optimista. Cree que todo lo creado es esencialmente bueno y está
orientado a una vida máxima, incluso a la deificación del hombre.
- La
ascesis como afirmación: La renuncia o ascesis cristiana no nace del
odio al mundo, sino de una pulsión máxima por la vida íntegra. Es
una «gimnasia espiritual» que busca recuperar la unidad frente a
una vida que, por el pecado y la finitud, tiende a fragmentarse y
desintegrarse.
En un mundo que a menudo se siente vacío o puramente
reactivo, el cristianismo se presenta no como una negación, sino como el misterio
del sí incondicional a la existencia y a la promesa de Dios
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