martes, 10 de mayo de 2022

Muerte, resurrección, transformación

 


Vivimos un tiempo precioso, reflejado en el tiempo litúrgico, el tiempo de Pascua y, especialmente, las siete semanas, que nos llevarán a Pentecostés, manifestación de la Presencia de Dios en el mundo, al cual nombramos como Espíritu.

Tanto la Cuaresma como el tiempo de Pascua se explican a través de los textos bíblicos. Atendiendo a cada tradición cultural y dependiendo del tiempo en que se transmiten estos textos, el mensaje se incultura para hacerlo fácilmente comprensible a la sensibilidad y contexto de cada época. Adicionalmente, en el segundo testamento, la Muerte, Resurrección y Transformación se narran desde la experiencia cierta de Jesús de Nazaret, hijo del hombre, hijo de Dios y, más que nunca, Palabra encarnada.

Primer TestamentoSegundo TestamentoAproximación
Salida de EgiptoMuerte en la cruzMuerte de las viejas actitudes
Llegada a Canaàn, tierra prometidaResurrección en DiosNacimiento a lo Nuevo
Cuenta del omerSiete semanas del tiempo de PascuaPreparación a la transformación
Recepción de la Palabra en Moisés – la Palabra deviene Ley  (Shavuot)Venida del Espíritu SantoTransformación

Se hace evidente, no sólo la densidad, sino la infinitud de los textos de los que se puede explicar tantas y tantas dimensiones que ahora dejamos a un lado.

La contemplación profunda de cualquiera de los dos textos empuja suavemente a nuestra alma a emprender un camino de cambio que, independientemente del tiempo necesario para recorrerlo, acontece en tres pasos:

  • Aceptar la necesidad de la muerte. Y, por tanto, morir, haciendo un compromiso profundo, más allá de esta vida con la Vida.
  • Situarse en lo Nuevo. Dar un pequeño paso, hacer un suave y sutil movimiento. Sólo desde la verdadera posición de Resurrección, de lo Nuevo, se puede contemplar la muerte sin sufrimiento, dando paso al Agradecimiento.
  • Vivir desde la Transformación, desde un alma nueva rendida al Amor y al Agradecimiento por todo aquello acontecido y que ha de acontecer, acogiéndolo por doloroso que haya podido ser, por doloroso que sea.

Los textos bíblicos nos ofrecen una explicación comprensible a nuestra pequeñez, donde se juega con símbolos, que buscan hacer vibrar nuestra alma para que despierte a una realidad diferente, para que despierten a la Realidad.

Mientras que prestamos atención a la expresión de las medidas temporales -día, semana, año- dejamos de lado la importancia de los números. Los números bíblicos mantienen un secreto más allá de su valor cuantitativo evidente. Así, de las siete semanas, lo importante es, precisamente, el número siete, que expresa el Tiempo -referido a un Tiempo de Dios, no a un tiempo humano- durante el cual volvemos a nosotras mismas, poniendo de manifiesto nuestra fragilidad, pero permitiéndonos volver al ser, reconectando con la grandeza del don de la Creación, de la Vida y los dones personales; al mismo tiempo, nos acercamos a Dios, abandonando el hacer para permitirnos Ser.

Este tiempo entre Pascua y Pentecostés se abre a nuestro paso cada año en el recuerdo que significa el tiempo litúrgico. Pero, en la dimensión personal, sucede sólo, y sucede siempre, después de la Muerte y de la Resurrección, del paso de lo Viejo a lo Nuevo. Es, apenas, un pequeño movimiento generado en el alma por el Espíritu que la llena de Agradecimiento al mismo tiempo que la deja rendida al Amor. Es un pequeño paso transformativo; transformativo porque transforma pero también porque su esencia es la transformación en sí misma.

La aceptación es un paso importante, es un llevarse bien con la realidad que percibimos, es un primer paso necesario. Pero, la verdadera Transformación no está en ella. Reside en una toma de conciencia más profunda, más allá de la aceptación pero a una distancia pequeña, apenas perceptible; darlo produce un efecto inmenso, que permite la entrada a una percepción y conocimiento diferentes, a los cuales llamamos sabiduría.

San Pablo sin duda da testimonio del efecto de su Transformación en una de sus cartas a los corintios al explicar que «Dios ha preparado para los que le aman cosas que nadie ha visto ni oído y ni siquiera pensado. (…) Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo sino el Espíritu que procede de Dios, para que entendamos las cosas que Dios en su bondad nos ha dado. Hablamos de estas cosas con palabras que el Espíritu de Dios nos ha enseñado, y no con palabras que hayamos aprendido por nuestra propia sabiduría».

El camino a esta Transformación está en el silencio, en el silencio interior, en el silencio del yo. Individual o comunitaria, la práctica continuada del silencio nos configura y nos vacía del yo para reconocer y acoger el Espíritu, que nos coloca en posición de Resurrección. Desde esta nueva posición, sólo queda ya hacer un pequeño movimiento, suave y sutil, sólo permanece el Agradecimiento, sólo permanece el Amor.


Foto de Tima Miroshnichenko: https://www.pexels.com/es-es/foto/ligero-blanco-y-negro-mujer-silueta-5135112/

jueves, 20 de enero de 2022

Punto de partido en la migración irregular


 El tenista Novak Djokovic ha sido recientemente noticia porque el Gobierno de Australia le ha expulsado del país, al entrar al mismo sin estar vacunado. Uno de los requisitos exigibles para los extranjeros que quieren entrar en Australia es tener acreditada la pauta completa de vacunación. Djokovic no la tenía y, por tanto, ha sido expulsado. Esta razón que se expresa tan fácil y lógicamente tendrá, con seguridad, muchas explicaciones en las tensiones internas de la política australiana y, también con seguridad, diversas visiones según las diferentes corrientes de opinión. El caso es que el deportista o tennis star, como le ha denominado la prensa internacional, estuvo retenido en un hotel durante unos pocos días; posteriormente, se le permitió tener libertad de movimientos, incluido poder entrenar; y, finalmente, fue deportado del país, siendo sancionado con una prohibición de no volver a entrar durante los siguientes tres años.

Hace meses y en este mismo blog, escribía el post «Yo sólo venía a buscarme la vida» . Su base de reflexión era la noticia de una joven española que había entrado en el Reino Unido de manera irregular, retenida en un Centro de Internamiento para Extranjeros y, finalmente, expulsada del territorio británico. La joven expresaba la frustración, el miedo y la incerteza que la sobrecogían en los días de encierro y la injusticia manifiesta que se estaba cometiendo con ella, que era europea y, por tanto, no merecía el internamiento. Explicaba que no era una delincuente, ni una terrorista, sino que quería establecerse en el Reino Unido para ganarse la vida.

En el caso de Novak Djokovic la denuncia desde los entornos cercanos al deportista se manifestaban en la misma línea, acrecentando el tono ya que el tenista pertenece a la élite, en este caso a la élite deportiva, económica y, por tanto, a la élite social. Incluso, desde el  Ministerio de Asuntos Exteriores de Serbia se emitió un comunicado, en el cual trataban de exculparle: «No es un criminal, un terrorista o un inmigrante en situación irregular, pero ha sido tratado de esa forma por las autoridades australianas, lo que ha provocado la indignación de sus aficionados y de ciudadanos de Serbia». Y, así de un plumazo, se alineaban delincuentes y terroristas con inmigrantes en situación irregular.

El próximo día 22 de enero, a las 18 horas se celebra la octava vigilia de oración organizada por la Fundació Migra Studium delante del Centro de Internamiento de Extranjeros de la Zona Franca de Barcelona. Es un acto de protesta contemplativa ante la situación que viven las personas internas. En el CIE están habitualmente retenidas hasta un total de 80 personas, que son inmigrantes en situación irregular. Ellos -hasta ahora sólo son hombres- no son tennis star, su imagen no mueve millones de euros, ni convocan multitudes para verlos practicar un deporte, ni son noticia por lo excepcional de su situación. Tampoco los gobiernos de sus países de origen emiten comunicados para que se respeten sus derechos fundamentales. Pero, también, como Djokovic, están siendo retenidos por haber entrado a un país de manera irregular, esto es, sin cumplir la exigencia administrativa; también, como Djokovic, venían a desarrollar su proyecto vital, aunque el plano económico en el que se mueven sea tan dispar; y, también como Djokovic, ven injusta su situación.

A nivel causal el parecido entre la situación de los internos del CIE de la Zona Franca y, por extensión, de todos los internos e internas de los CIE, y la situación de Djokovic son tan profundamente similares que se igualan en el resultado de sus actuaciones: deportación y sanción adicional. Sin embargo, hay diferencias que importan y que deberían ser tenidas en cuenta para aliviar la situación, en este caso, de los internos del CIE. Ellos carecen de fuentes de ingresos y carecen de formación o de una forma digna y segura de ganarse la vida. En la otra, Djokovic ha tenido educación, tiene recursos económicos suficientes y su imagen es capaz de movilizar a la opinión pública tal como hemos visto en los últimos días.

No se puede penalizar a Djokovic por ser parte de la élite deportiva porque no sería justo: llegar a ser número uno mundial exige una gran fuerza de voluntad, sacrificio y determinación, además de talento. Pero, sí se puede penalizar la falta administrativa, tal y como ha decidido el Gobierno australiano. El único punto de partido que ahora está en juego es decidir si la penalización por la falta administrativa es excesiva y, si lo es, admitir que lo es para todos y todas las que cruzan fronteras.


[Imagen extraída de Wikipedia]

miércoles, 22 de diciembre de 2021

En el nombre de la Madre, en el nombre del Padre



 Hace pocos días asistí a una cena de carácter interreligioso. Aún a riesgo de parecer un concepto extraño para una cena, el objetivo era compartir diversos puntos de vista para conocernos mejor y sentirnos más cercanos. La mesa estaba formada por seis personas de las cuales, cuatro profesaban la fe judía y dos -un sacerdote y una laica- la católica.

El encuentro se celebraba un viernes por la noche, enmarcado en lo que en la liturgia judía se conoce como Shabat: es el principio del tiempo de pararse y dedicarse sólo a Dios, a estar en Presencia. La cena comienza cantando bendiciones especiales para el espacio que nos acoge, para la persona que preparó la acogida, para los hijos e hijas de la casa. Antes de comenzar la cena, se bendice el vino y el pan con un profundo sentimiento de gratitud. Después, según avanza la cena -esto es común para cada comida que se realiza cualquier día-  se dice una bendición por cada alimento: los que vienen de la tierra, los que vienen de los árboles, los que están horneados. Es sólo un método que pretende hacer consciente a la persona de la Presencia en todo momento, en cualquier momento. En una cena de Shabat, también es costumbre hablar de la Torá[1]: comentar la parashá[2] de la semana para entenderla y conocerla mejor: es un momento en que todas las personas están convidadas a participar para compartir sus reflexiones, sus sentimientos, sus vivencias.

En nuestra cena de Shabat recibimos con alegría que el sacerdote católico conociera parte de la liturgia judía, pudiendo incluso identificar la oración por la mujer como parte del Libro de Proverbios. Según nos dijo, era un gran simpatizante del papa Juan Pablo II y se sentía llamado y convocado al diálogo con sus hermanos mayores en la fe, según se nombró a los judíos desde la Comisión vaticana para las relaciones religiosas con el judaismo, representada por el cardenal Kurt Koch. Llegado el momento de comentar la parashá y, después de dar una explicación más o menos rabínica, cada persona pudo dar su punto de vista, ya fuera desde el conocimiento o la experiencia. Hay que decir, que la mera opinión vacía de uno de los dos -conocimiento o experiencia- no es, en general, apreciada.

Todo iba muy bien hasta que se me ocurrió apuntar a la realidad Madre y Padre de Dios. El tema era más que adecuado por la lectura semanal y, también, por una realidad social que cada vez nos demanda más y más presencia de la mujer en la Iglesia, no como un premio o actitud condescendiente sino como todo un derecho inherente a la condición de cristiana. Aquí cambió todo. El sacerdote mudó su rostro y mostró su más firme desacuerdo en la visión agenérica de Dios, remarcando hasta el final que Dios es Padre y como tal se le ha de tratar. Quise, entonces, traer la etimología aramea del término hebreo Abbá, es decir, la palabra Abwoon. Abwoon es seguramente la palabra de Jesús y el resto de judíos del siglo I utilizaban para rezar a la Fuente, al Absoluto, al Esencial. Esta palabra aramea en su raíz no especifica género, no está relacionada en absoluto con los términos padre (hombre, masculino) o madre (mujer, femenino). Se relaciona con un tipo de nacimiento u origen, el origen cósmico. La palabra Abwoon tiene cuatro partes: 1) a: el Absoluto, único Ser, pura Unicidad y Unidad, fuente de todo poder y estabilidad, haciéndose eco de la palabra aramea para Dios, Alaha, literalmente, la Unicidad; 2) bw: un nacimiento, una creación, un fluir de bendición, como desde el interior de esta unidad hacia nosotros; 3) oo: la respiración o espíritu que lleva este flujo, haciendo eco del sonido de la respiración. Este sonido está vinculado a la frase aramea traducida más tarde como Espíritu Santo; 4) n: la vibración de este aliento creativo desde la unidad cuando toca y penetra interiormente la forma. Este sonido hace eco de la tierra y el cuerpo vibra mientras entonamos el nombre completo lentamente.

El sacerdote, que se hace y deja llamar padre, no dió ni un pequeño espacio a la etimología para explicar el concepto. Se cerró en banda y apeló a la Tradición, a la tradición hecha por hombres, da igual de qué religión, que pretenden secuestrar la grandeza y la infinitud de Aquel que es inefable.

La cena a la que acudí llena de ilusión por compartir, conocer y reconocer me produjo un sabor agridulce y un pequeño vacío doloroso que, lejos de hacerme crecer, me deja destellos de la pequeñez de las personas que no quieren y no permiten a las otras crecer, conocer y vivir en plenitud. Entiendo que una persona que se hace llamar padre sin haber engendrado biológicamente, debe relacionar ese apelativo con una idea espiritual, para facilitar el crecimiento a las personas que se le acercan y, en este caso, en la fe que profesan. Sin embargo, el padre que nos acompañaba en la cena nos guió a una realidad pequeña, a una realidad manipulada y cerrada en sí misma. Fue, sin duda, un momento desperdiciado, que pudo haber sido de luz pero que la sombra dominó.

Este camino del reconocimiento, no comienza en la mujer del siglo XXI, sino que comienza en el principio de los tiempos o quizás antes, cuando Abwoon -sin género específico- nos bendice y nos respira desde su Unicidad.

***

[1] La Torá es el Libro o Pentateuco o Primer o Antiguo Testamento en la fe cristiana.

[2] Parashá: porción de la Torá que se estudia en los hogares durante toda la semana y se lee el sábado en la sinagoga.


Foto de Jeremy Müller: https://www.pexels.com/es-es/foto/galaxy-astronomia-estrellado-fondo-de-pantalla-6074269/

viernes, 12 de noviembre de 2021

El peón: alma del ajedrez


 El peón es la pieza más humilde e, incluso, infravalorada en el juego del ajedrez: tiene tan solo el valor de un punto frente a la torre que representa cinco o la dama que representa nueve. Es humilde, sí: avanza las casillas de manera frontal y una a una, sin avasallar, sin saltarse ningún escaque y, por descontado, sin saltarse ninguna otra pieza. Pero, también son piezas que, a menudo, están infravaloradas por aquellas personas que no saben o no recuerdan que pueden transformarse en otros trebejos percibidos como más valiosos, el más valioso, en este caso la dama. Esta potencial transformación se hace posible si el peón llega al final opuesto del tablero. Adicionalmente, al peón no le está permitido retroceder; esta regla añade una gran delicadeza en la decisión del movimiento del peón.

En estos días la agenda-setting nos trae noticias de la llegada masiva de personas migrantes a la frontera entre Polonia y Bielorrusia. No se trata de una crisis migratoria propiamente dicha, es decir, no se ha producido recientemente un acontecimiento de impacto que sea la causa de un movimiento repentino de personas. Se trata de la perversión del juego del ajedrez en que se han movido piezas con el único fin de ganar terreno. En el tablero, los peones se estructuran como ligados, pasados y/o avanzados entre otras posiciones: pero en la frontera de Polonia, en otras fronteras, se hacinan personas -adultos, jóvenes, niños y niñas- que han llegado de diversas procedencias y que no pueden organizarse al no tener recursos. En muchos casos, llegan a las fronteras movidos por noticias falsas en que se promete facilidad en el paso a Europa, en regularizar la situación, en definitiva, en ser acogidos.

Esta situación no es nueva; quizás sí lo es el ámbito geográfico -la frontera norte de la UE-, pero no la jugada: no hace mucho, el conflicto diplomático entre el Reino de Marruecos y el Reino de España se escenificó a la luz de una pretendida crisis migratoria, en que más y más peones -las piezas más humildes y las que pueden llegar a ser las más valiosas- llegaban a territorio español. También Libia ha utilizado en el pasado a personas migrantes como medio de presión y negociación. Y estos son sólo dos ejemplos próximos en el tiempo.

Tratar a las personas, especialmente a las migrantes que han dejado todo atrás, como si fueran peones de los cuales se ha olvidado su potencialidad, ha sido y es práctica habitual a lo largo de la Historia. Son personas anónimas, de las que no conocemos sus nombres, cuyas imágenes bajo la lluvia y el frío nos conmueven, pero que olvidamos enseguida cuando la noticia es reemplazada por la siguiente: apenas se publican ya en las primeras páginas noticias de Afganistán, de Venezuela o de la frontera entre México y Estados Unidos.

Esta parece ser la modalidad de una nueva guerra en el Occidente del siglo XXI, donde se prefiere la acción mediáticamente cruel al diálogo diplomático alejado de los focos. La imaginaria civilización occidental ha evolucionado y la aversión a generar o participar en un conflicto armado prima sobre cualquier otra decisión. Sin embargo, el medio por el cual se articulan las decisiones -incluso en el quimérico terreno diplomático- permanece intacto: tratar a las personas como peones en su más pobre consideración, como la pieza que menos puntuación aporta, olvidando que dentro de sí encierra un gran potencial de transformación.


Foto de George Becker: https://www.pexels.com/es-es/foto/pieza-de-ajedrez-de-madera-peon-marron-136349/

lunes, 27 de septiembre de 2021

¿Es posible un nuevo modelo político-social?



El último domingo de septiembre, la Iglesia celebra la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado. En este año 2021, el título elegido por el papa Francisco para su mensaje es «Hacia un nosotros cada vez más grande». En el mensaje expresa que «el futuro de nuestras sociedades es un futuro “lleno de color”, enriquecido por la diversidad y las relaciones interculturales», al tiempo que nos exhorta a «aprender hoy a vivir juntos, en armonía y paz». Y continúa: «en esta perspectiva, las migraciones contemporáneas nos brindan la oportunidad de superar nuestros miedos para dejarnos enriquecer por la diversidad del don de cada uno».

El mensaje se extiende algo más, pero son estas las palabras que me hacen recordar los ensayos escritos por Jürgen Habermas y recopilados en el libro La inclusión del otro. En estos ensayos, el filósofo propone un nuevo proyecto político-social que nace desde la filosofía de la responsabilidad, es decir, dejando de lado ideales teóricos inalcanzables y asentándose sobre la política deliberativa. Este modelo político se presenta como un modelo diferente, no necesariamente en oposición, pero sí diferente de los modelos liberal y republicano. Atendiendo al principio de filosofía de la responsabilidad antes comentado, se define como un modelo democrático factible, independiente de la práctica política y sustentado por las personas que superan el individualismo en busca de intereses comunes. De dicho modelo forman parte regulaciones específicas del poder y de los conflictos de interés, pero lo más interesante del modelo deliberativo es que busca consolidarse apuntalado sobre los valores de la aceptación, la comprensión y la bondad hacia lo diferente, que originen actitudes éticas más profundas y conduzcan al compromiso de la ciudadanía con la cosa pública, la actuación cívica y la deliberación como brújula que oriente sus acciones. Volviendo al mensaje del Papa Francisco y actuando desde el modelo deliberativo de Habermas: «Entonces, si lo queremos, podemos transformar las fronteras en lugares privilegiados de encuentro, donde puede florecer el milagro de un nosotros cada vez más grande».

Sin embargo, en La verdad secuestrada (CJ Cuadernos 224), Joan García del Muro describe la realidad en la que vivimos, donde no sólo la verdad ha sido secuestrada por las mentiras y medias verdades sectarias, sino que, además, lejos de pretender desbrozar la información que nos bombardean, «busco y encuentro las respuestas que me gustan, que me hacen sentir mejor y me ayudan a construir un mundo cómodo y aproblemático en la medida de mis necesidades e intereses. Por eso sólo me conecto con aquellos que siempre me dan la razón y que indefectiblemente confirman mis puntos de vista». Desde esta realidad no parece fácil llegar al modelo deliberativo propuesto por J. Habermas que quizás nos permitiría llegar al escenario diverso, intercultural y lleno de color propuesto por el papa. Esta época actual de la «posverdad aliada con el emotivismo» no permite la aceptación de la diversidad de opinión y mucho menos la crítica -entendiendo crítica constructiva y no acoso y derribo- a la que no se le permite recorrido alguno. El valor incuestionable que se da únicamente al grupo propio, la necesidad de adhesión obcecada al mismo y el no reconocer la discrepancia como un valor en alza son caras del poliedro que supone la inseguridad personal y la falta de confianza en las otras personas. Este escenario es fácilmente detectable, sobre todo, pero no sólo, atendiendo a los medios de comunicación, especialmente los digitales.

Algunas de las cuestiones que se plantean de fondo serían cómo revertir este secuestro de la verdad, cómo restaurar la confianza intrapersonal e interpersonal y construir este modelo deliberativo, no tanto específico como genérico. Para esto, el maestro es, sin dudas, Emmanuel Lévinas definiendo la ética de la alteridad, que pone de manifiesto lo imprescindible del cuidado de las otras personas, del otro y de la otra; porque sin el otro, sin la otra, en aislamiento, yo no existo en tanto que soy un ser definido por mis acciones y relaciones con ellos y con ellas. Y, desde aquí, desde la propia existencia, se contrae una obligación de la cual es imposible desasirse y que se convierte en valor ético fundamental. Estamos ante una responsabilidad estructural cuyo significado va más allá del cuidado de sí, abarcando el cuidado de las otras personas y el cuidado del mundo y que implica el hacerse cargo de los otros y de las otras y produce, sin duda, una transformación, primero personal, después de las otras personas y, finalmente, del mundo.

Quizás así consigamos, como dice el papa Francisco, «el ideal de la nueva Jerusalén donde todos los pueblos se encuentran unidos, en paz y concordia, celebrando la bondad de Dios y las maravillas de la creación».


Foto de Inga Seliverstova: https://www.pexels.com/es-es/foto/moda-gente-hombres-mujer-4066761/

jueves, 20 de mayo de 2021

Yo sólo venía a buscarme la vida


 

Hace unos días se publicaba en elDiario.es la noticia de la detención de una joven española -María- al entrar en Reino Unido. La causa era que se encontraba en una situación administrativa irregular: llegaba para buscar trabajo, sin contrato y sin visado. El titular del artículo decía: «La española detenida al entrar en Reino Unido tras el Brexit: «Venía a buscarme la vida y se me ha tratado como a una delincuente»»[1].

Tuve que leer un par de veces el artículo para ver lo excepcional del caso: «Ah, claro, me dije, María es española, es decir, europea». Ahí estaba la excepcionalidad en que la joven procedía de un país de la Unión Europea. Esta joven y hasta otros treinta viajeros procedentes de Alemania, Italia o Grecia, entre otros países, han sido detenidos y retenidos en algún Centro de Internamiento para Extranjeros desde que el Reino Unido dejó la Unión Europea.

Y, aunque es una situación nueva, originada por la nueva situación política del Reino Unido, yo solo veo la excepcionalidad de la noticia en dos puntos:

El primero es que se trata de una ciudadana europea. ¿Por qué? Es fácil de responder: porque esta situación se repite constantemente para otros extranjeros que llegan al territorio español, para «buscarse la vida» exactamente igual que la joven que nos da su testimonio. Un testimonio que me remite a Karim que llegó a España para «buscarse la vida» desde Guinea, o a Abdou, que llegó a España para «buscarse la vida» desde Camerún, o a tantos y tantas que llegan con la misma finalidad: «buscarse la vida». Y sí, también la entiendo a la perfección cuando habla de sentirse tratada como una delincuente, del miedo, del no saber qué está pasando, de la imposibilidad de comunicarse con sus familiares, de la falta absoluta de información, de que te encierren en algo que es como una cárcel sin haber hecho nada… Por supuesto, ¿cómo no la voy a entender si los dos últimos años he visitado una vez por semana a Karim, a Abdou y a tantos otros internos en el Centro de Internamiento de Extranjeros (CIE) de la Zona Franca de Barcelona? Es el mismo relato de miedo, de indefensión y de injusticia; sí, el mismo, pero en el caso de Karim o de Abdou se agrava porque vienen huyendo de la miseria y hasta de la guerra, porque además en el destino no tienen a nadie que les informe o que vele por ellos y porque en el Centro de Internamiento de Barcelona las condiciones son incluso peores que en una prisión, aun en las épocas en que no vivíamos en pandemia.

He de reconocer que este relato, que para mí es familiar por las visitas de acompañamiento realizadas a los internos en el Centro de la Zona Franca, quizá pueda ayudar a algunas personas a entender cómo se sienten las personas en proceso de migración que son encerradas por la misma razón que María. Este relato de miedo, indefensión e injusticia explicado por alguien más o menos cercano nos hace empatizar con ella, tanto con la injusticia cometida como con el torbellino de miedo que debió sentir durante aquellas horas.

En segundo lugar, la excepcionalidad más significativa de la noticia, está en el sentimiento de la joven de ser «tratada como una delincuente». Para ser exacta, no en el sentimiento en sí, sino en que una española, una persona como yo, ha sido tratada como una delincuente por el simple hecho de estar en situación irregular, es decir, sin los papeles y/o condiciones que el Reino Unido exige para aquellos viajeros cuya finalidad es establecerse en el país más allá de la motivación de un viaje turístico. Y aquí es, en realidad, donde me gustaría incidir. María se sintió tratada como una delincuente. Y es así, porque la privación de libertad se entiende como una pena que responde a un proceso penal y no a un proceso administrativo. A uno no le llevan a la cárcel por aparcar en doble fila, o  por olvidarse de renovar el DNI. (Hay que recalcar que entrar en España sin los papeles exigibles no es delito, sino falta administrativa). Pero esta es la realidad de miles de personas que llegan a España y que son tratadas como delincuentes. Lo que en el caso de María se puede llegar a ver como «medidas desproporcionadas» por el simple hecho de ser ciudadana europea, en muchos otros lo vemos como justificado porque en el imaginario colectivo, subsaharianos, norteafricanos o latinoamericanos -por citar los orígenes más comunes de las personas migrantes que llegan a España- son calificados en mayor o menor medida como delincuentes, o como potenciales delincuentes.

¿Por qué empatizamos con el relato de María, pero lo justificamos con tantas otras personas como Karim o Abdou? ¿Por qué no damos legitimidad a todas aquellas personas que vienen a «buscarse la vida»? ¿Por qué seguimos prejuzgando negativamente al que viene de fuera?

La respuesta es dolorosa, pero no por ello debe ser ignorada: la xenofobia y el racismo siguen estando vivas en nuestra forma de pensar y nuestras expresiones cotidianas y, lo que es aún peor, en nuestra mirada sobre las otras personas. Volviendo a leer el artículo, propongo el ejercicio de sustituir el nombre María y su país de origen, por otros tales, como Ahmed, procedente de Argelia; Aziz, procedente de Marruecos; Karim, procedente de Guinea; y así un largo etcétera de personas que llegan a nuestro territorio.

Es cierto que los Centros de Internamiento para Extranjeros (CIE) son mayoritariamente desconocidos, o ignorados, por la opinión pública. Tampoco es menos cierto que algunas de las personas que conocen estos centros, los justifican diciendo que las personas migrantes no deben estar aquí y que merecen ser privadas de libertad. Pero esto no justifica que ignoremos que en España, solo en el 2019, se produjeron más de 11.000 repatriaciones forzosas y, aunque en el  2020 fueron muchas menos debido a las limitaciones impuestas por la Covid19, es un número que se ha venido incrementado geométricamente desde el 2014.

Durante estos dos últimos años he escuchado muchas veces las mismas frases de María: «Te ves en una situación de desesperación, de «no sé realmente por qué estoy aquí, porque yo solo cometí un error»» o «Yo venía aquí a buscarme la vida y se me ha tratado como una delincuente». Las hemos escuchado todas las personas que visitamos internos tanto en el Centro de Internamiento de la Zona Franca como en los otros que existen en España, con el mismo sentimiento de impotencia ante un mantra inacabable y que se repite en cada uno de ellos.

¿Por qué la historia de María es, pues, diferente? ¿Por qué es noticia? Pues porque se trata de una ciudadana europea y que, por tanto ésta no puede ser considerada más que una persona inocente «que iba a buscarse la vida», mientras que los miles de subsaharianos y magrebíes que mueren en nuestras costas no pueden ser más que potenciales delincuentes aunque también solo vengan a «buscarse la vida».

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[1] ElDiario.es (14/05/2021): https://www.eldiario.es/desalambre/espanola-detenida-entrar-reino-unido-brexit-venia-buscarme-vida-tratado-delincuente_128_7935189.html

lunes, 14 de diciembre de 2020

Tejer la vida



En el año 2019 se han identificado un total de cincuenta procesos y negociaciones de paz en el mundo: diecinueve en África, doce en Asia, siete en Europa, siete en Oriente Medio y cinco en otros Estados.

A primera vista, sea en Europa, en África, en Asia o en América, llama la atención la recurrencia de algunos territorios a generar o albergar conflictos armados. No entraré en las causas de la geopolítica porque, sin dejar de ser ciertas, parece haber algo enrraizado mucho más profundamente en las sociedades, en los individuos, que no permite dar paso a una verdadera transformación como fruto de estos procesos de paz.

En este escenario, la transformación se dibuja como el gran deseo onírico. A menudo, transformar y resolver son términos confundidos, sin tener en cuenta que resolver es solucionar algo, en este caso, un conflicto, de manera más o menos compleja pero en todo caso, puntual. Sin embargo, transformar es cambiar la forma de algo o de alguien. En un conflicto que busca esta transformación, lo primero a transformar son las personas, ya sean víctimas o victimarios, directas o indirectas, pero, sin duda, las personas.

Lo que se dice en una sola palabra –transformación– se realiza sobre cuatro dimensiones esenciales: la verdad, el amor, la paz y la justicia. Estas cuatro dimensiones se retroalimentan y sería difícil aplicar un orden por el que comenzar porque cada dimensión sin las otras son incompletas y, por tanto, ineficientes. Parecería que hemos necesitado veintiun siglos de historia para llegar a esta conclusión pero ya estaba reflejada en las alabanzas a Dios que se escribieron unos mil años antes de Cristo: «El amor y la verdad se darán cita; la paz y la rectitud se besarán, la verdad brotará de la tierra y la rectitud mirará desde el cielo»[1]. Estas cuatro dimensiones tan inherentes a la cualidad de persona se activan, únicamente, desde la verdadera mirada de la misericordia y solamente juntas son capaces de obrar la deseada transformación.

Se deduce, pues, que más que buscar la resolución se debería buscar acompañar a las personas en conflicto durante su proceso de transformación. Este proceso es a menudo doloroso y siempre solitario: aunque se encuentre quién acompañe esta transformación, no hay dudas de que se realiza a solas, desde el interior hacia el exterior, y en la soledad del yo más íntimo. Este requerimiento de soledad no deja de necesitar un acompañamiento para que la mirada –el punto desde el que somos construidos por el otro– sea capaz de renacer en la compasión por aquel al que mira; solo así, el pensamiento cambia y pasa a ser una palabra y una acción de amor, verdad y justicia; y esto es, sin duda, lo que lleva a la construcción de la paz.

La violencia se ejerce contra los cuerpos, contra los pensamientos y también contra los corazones. Defendemos que no debe existir la violencia física, asumimos que debe imperar la libertad de pensamiento, pero, en aras de la libertad de expresión podemos llegar a ejercer violencia contra los corazones o lo que es lo mismo herir, ofender o avergonzar a las otras personas. La libertad de expresión no nos da el derecho a herir emocionalmente; en todo caso, nos da el derecho de expresar posiciones, ya sean ideológicas, religiosas o de cualquier otra índole, pero siempre desde el respeto, la aceptación y la apertura hacia la otra, su ideología, creencias o sentimientos.

La transformación social, no solo de los entornos lejanos donde parecen transcurrir los conflictos armados, sino también del propio, el cercano, el local, está afectada por la brecha de distanciamiento entre las personas. Para la transformación es básica la relación y, más que ésta, calidad de la relación por la que humanizamos a la otra persona siempre que escuchamos desde el corazón. Esto que puede parecer tan fácil aún no lo sabemos hacer; si alguna vez se escribió, lo hemos perdido en la práctica porque aún no sabemos crear los caminos para conseguir rehumanizar a través de la escucha.

Pero tener relaciones de calidad no se produce de un momento al otro. Las relaciones de calidad son aquellas que nos permiten saber lo que alegra las almas o aflige los corazones de las personas con las que compartimos comunidad. Mi abuela me enseñó que a esto lo llamaba tejer la vida y como si fueran un tejido, las relaciones se hilan utilizando los hilos que son los deseos, las esperanzas, los miedos y las alegrías de las personas que forman la comunidad. Y para esto de tejer se necesita voluntad, tiempo y cercanía

En estos días de Adviento, al realizar la contemplación de una escena que se está formando durante los días previos a la Navidad, no puedo dejar de situarla en la actualidad que estamos viviendo, especialmente, pero no solo, en relación con las personas que están migrando. Contemplo una pareja que busca alojamiento porque ella pronto dará a luz un hijo. Esta escena se da cada día sin necesidad de que sea Adviento; de hecho, lleva dándose años, como si estuviera contemplando día tras día a personas que buscan un refugio seguro, un lugar donde no sean perseguidas y puedan establecerse y desarrollar su proyecto vital. Si soy capaz de contemplar a través de los sentidos una escena que pasó hace ya 2000 años, ¿cuánto más podré sensibilizarme con las escenas cotidianas? Dios se nos hace presente en la Historia, su venida no fue un acto puntual, llega en cada migrante, en cada perseguido, en cada persona sin hogar. Y llega, aunque no sea Adviento o quizás, porque siempre es Adviento, tiempo de esperanza y de luz y de esperar a Dios en las otras personas.  

Cada día me levanto y recuerdo las agujas de tejer de mi abuela y me pregunto: ¿a qué me dedico? Y me olvido de lo lejano por inalcanzable e inabarcable. Y desde esta mirada a lo cercano veo un Dios que me sale al encuentro para ser acogido, aquí mismo, en la ciudad donde vivo, cerca de mi casa. Y como si se tratara de crear un lienzo resistente, siempre que tengo ocasión, entrecruzo los hilos sueltos que voy encontrando para tejer la vida con voluntad y tiempo.


Foto de Karolina Grabowska: https://www.pexels.com/es-es/foto/manos-creativo-disenador-mesa-4219651/