
El error fundamental suele ser caer en el emotivismo. Si creemos que el fundamento de una relación es puramente el «sentir» o la gratificación inmediata, el otro se convierte en un medio para nuestro bienestar. Pero, como demuestran las fuentes, las sensaciones de placer y dolor son insuficientes para definir la complejidad de una vida compartida.
Para que una relación sea verdaderamente profunda, debe superar la lógica instrumental y basarse en el modelo triádico (yo-tú-F). El tercer elemento, F, no es un beneficio útil ni una emoción pasajera, sino un ideal compartido de vida buena. No se trata de una «fusión» que pretenda anular nuestra soledad constitutiva —lo cual sería destructivo—, sino de un encuentro entre dos personas singulares que se acompañan e iluminan mutuamente en busca de lo que merece la pena vivir.
Sostener estos vínculos hoy es un desafío exigente que requiere tiempo y convivencia. No es una «ilusión compensatoria», sino el lugar privilegiado donde nuestra existencia despliega su verdad. En un mundo que nos invita a consumir afectos, apostar por la lealtad y el carácter es lo que nos permite dejar de ser náufragos emocionales para construir, finalmente, una vida lograda.
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