Históricamente, los monjes no vivían el encierro del claustro como una prisión, sino como un privilegio donde soplaba el aire de la divinidad, actuando como puentes entre el cielo y la tierra. En el siglo XV, este concepto empezó a expandirse hacia las universidades como espacios de diálogo y estudio.
Actualmente, estamos viviendo un cambio evolutivo: el concepto de monacato ya no es exclusivo de comunidades cerradas. Surge lo que algunos teólogos llaman "monaquismo interiorizado", que es la llamada a vivir unificados e integrados en nuestro propio centro sin necesidad de retirarnos físicamente a un monasterio. El verdadero claustro no está hecho de piedras, sino de silencio y presencia.
Tres dimensiones para vivir el claustro en el día a día.
Para cultivar este estado interior en medio de la cotidianidad, podemos apoyarnos en tres pilares:
- Interioridad, no exterioridad. No se trata de huir del mundo, sino de separarnos del ruido mental, las distracciones y los apegos que nos alejan de nuestro ser profundo.
- Silencio y escucha. En un mundo saturado de estímulos, el silencio es una actitud contracultural. Es necesario silenciar las prisas y preocupaciones para que la palabra pueda echar raíces en el corazón.
- Unidad de vida. Integrar la espiritualidad en el trabajo y las relaciones. Toda actividad —sea el descanso, el trabajo o el trato con otros— puede convertirse en una liturgia y una ofrenda si se vive con conciencia y amor.
Actitudes y prácticas para el «claustro del corazón».
Cultivar este espacio sagrado requiere de ciertas disposiciones y ejercicios prácticos:
- apertura a la vida: reconocer que cada instante es un don y dejar de lado el deseo de controlarlo todo. Cuando dejamos de controlar, la vida fluye y las piezas del "puzzle" encajan.
- gratitud y contemplación: mirar desde el corazón para descubrir la divinidad en lo sencillo. La gratitud nos permite dejar de fijarnos en lo que nos falta y valorar la riqueza de lo que ya tenemos.
- prácticas concretas: la meditación, la respiración consciente, la lectura reflexiva de textos que nutran el espíritu y la escritura personal en un diario son herramientas fundamentales para este proceso.
- armonía en el entorno: el orden físico influye en el mental. Mantener nuestros hogares con una disposición sencilla y armónica ayuda a ordenar nuestro mundo interior.
Vivir este claustro interior es, en definitiva, cerrar la puerta al egoísmo y abrirla a la presencia divina. No es evitar el mundo, sino aprender a habitarlo con un corazón centrado, siendo puntos de luz en un entorno a menudo oscurecido. El claustro es ese silencio del corazón donde habita lo esencial y donde cada acción se transforma en oración.

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