A menudo nos gusta pensarnos como seres excepcionales, casi desconectados de las leyes de la naturaleza.
Sin embargo, la Antropología Filosófica nos recuerda una verdad tan obvia que a veces la olvidamos: no somos una «excepción flotante», sino que compartimos el espacio, el tiempo y la materia con todo lo que nos rodea. Pero, ¿qué significa realmente ser un ser vivo en este mundo?
El riesgo de vernos como simples relojes, casi desconectados de las leyes de la naturaleza. Sin embargo, la Antropología Filosófica nos recuerda una verdad tan obvia que a veces la olvidamos: no somos una «excepción flotante», sino que compartimos el espacio, el tiempo y la materia con todo lo que nos rodea. Pero, ¿qué significa realmente ser un ser vivo en este mundo?
Históricamente, algunos pensadores han intentado explicar nuestra existencia de forma puramente mecánica. Para autores como La Mettrie, el ser humano no es más que una máquina especialmente compleja, comparable a un reloj inmenso donde cada pieza cumple una función física. Otros, como Skinner, han sugerido que nuestra libertad es solo una ilusión nacida de la ignorancia, y que nuestra conducta está totalmente determinada por la genética y el entorno.
Si bien estas visiones tienen una gran fuerza explicativa para entender nuestra base material —nuestro «límite inferior» como entes físicos—, las fuentes advierten que son insuficientes. Cuando nos reducimos a meros mecanismos o sistemas de estímulo-respuesta, perdemos lo que hace que la vida humana sea realmente valiosa: la libertad, la responsabilidad y la dignidad.
Nuestra mayor debilidad es nuestra mayor fuerza: estar «un paso fuera» de nosotros mismos
Lo que nos hace humanos no es la perfección instintiva, sino precisamente nuestra «deficiencia» biológica. Autores como Herder y Gehlen describen al ser humano como un Mängelwesen (ser carencial). A diferencia del animal, que nace «acabado» y perfectamente adaptado a su entorno, nosotros nacemos desprotegidos y sin instintos fijos.
Sin embargo, esta aparente debilidad es la condición de nuestra libertad. Al no estar programados, nos vemos obligados a compensar esa falta mediante el lenguaje, la razón y la creación de una «segunda naturaleza»: la cultura y las instituciones. Como señala Portmann, incluso nuestra infancia prolongada no es un error, sino una fase necesaria para un ser que debe aprenderlo todo a través de la convivencia y el símbolo.
Finalmente, Helmuth Plessner aporta una idea fascinante: el ser humano es el único viviente que no solo «es» un cuerpo, sino que también «tiene» un cuerpo. Esta es la llamada posicionalidad
excéntrica: podemos tomar distancia de nosotros mismos, reflexionar sobre nuestra vida y preguntarnos por nuestro lugar en el cosmos. Incluso en momentos en los que perdemos el control, como cuando reímos o lloramos, estamos manifestando esta estructura única donde el cuerpo responde cuando el lenguaje ya no alcanza.
Una cura contra la soberbia y el vacío- Comprender que somos «animales vulnerables y dependientes» es comprender que somos «animales vulnerables y dependientes», como sugiere MacIntyre, no es un insulto a nuestra inteligencia, sino la base real de nuestra racionalidad. Reconocer nuestra base biológica es una cura contra la tentación de imaginarnos como espíritus incorpóreos, pero quedarnos solo ahí sería reducirnos a objetos administrables.
La pregunta por el ser humano sigue abierta: somos seres
naturales, sí, pero seres que siempre están un paso dentro y un paso fuera
de la naturaleza, buscando un sentido que la biología, por sí sola, no
puede agotar.

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