Hace unos años, al final de un concierto de Mozart, justo en el breve instante de silencio tras la última nota, la voz de un niño de nueve años resonó en la sala con un espontáneo y audible "¡Wow!". Aquella exclamación, que se hizo viral, capturó algo que a menudo perdemos: la capacidad de asombro puro ante la belleza. ¿Por qué, como adultos, nos cuesta tanto sentir esa maravilla? Con frecuencia, relegamos el arte al margen de la vida, considerándolo un lujo, un pasatiempo accesorio para quien tiene tiempo y dinero. Pero, ¿y si fuera mucho más que eso? Una tradición espiritual de 500 años, la espiritualidad ignaciana, nos ofrece una perspectiva radicalmente distinta: una forma de experimentar el arte no como una simple decoración, sino como un camino para encontrar un significado más profundo y transformar nuestra manera de estar en el mundo.
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1. Para encontrar el milagro, primero sé "indiferente"
2. Deja de analizar y atrévete a "habitar" la obra
3. El arte no es un escape de la realidad, es la promesa de un mundo mejor
La primera clave puede sonar paradójica. San Ignacio de Loyola, en sus Ejercicios Espirituales, nos invita a "hacernos indiferentes a todas las cosas criadas" [Ej 23]. Aplicado al arte, esto no significa apatía o desinterés. Al contrario, es una llamada a una apertura radical. La "indiferencia ignaciana" es una libertad disciplinada que nace de tener "las prioridades claras": no absolutizar el arte, recordar que es un medio y no un fin, porque "sólo Dios es absoluto".
Esta actitud nos libera de un enfoque que valora la obra solo si sirve para ilustrar una idea preconcebida. Una obra de arte no es una "mera señal de tráfico, descartable una vez captado su sentido". Al ser "indiferentes", dejamos de exigirle al arte que cumpla una función y nos abrimos a la posibilidad de estar "atentos al milagro" que cualquier obra puede contener. Nos permite ser sorprendidos. El teólogo Romano Guardini describió la naturaleza única del arte con una precisión asombrosa:
...la obra de arte es una «cosa extraña, tan irreal y a la vez tan operante; tan sacada fuera de la vida habitual, y, sin embargo, tan capaz de tocar tan profundamente lo más íntimo; tan superflua ante todos los criterios prácticos y, sin embargo, tan imprescindible».
Adoptar esta indiferencia es confiar en que Dios puede comunicarse a través de cualquier forma artística, sin importar su temática o estilo. Es despojarse de prejuicios y prepararse para un encuentro inesperado, permitiendo que la obra nos hable en sus propios términos.
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Una vez que esta apertura radical ha preparado el terreno, estamos listos para el encuentro en sí. Y aquí, la segunda clave ignaciana es decisiva: "No el mucho saber harta y satisface el ánima, mas el sentir y gustar de las cosas internamente" [Ej 2]. El filósofo Maurice Merleau-Ponty afirmó que "la ciencia manipula las cosas y renuncia a habitarlas". A menudo, nos acercamos al arte con esa misma mentalidad: analizamos, clasificamos, mantenemos una distancia segura.
La invitación ignaciana es la contraria: en lugar de analizar desde fuera, nos anima a "habitar" la obra, a cruzar el umbral que nos separa del misterio y entrar en el espacio que esta abre. Es descubrir que ese espacio ya está habitado y permitir una transformación paulatina: de sentirnos "huésped" a reconocernos "hijo del dueño". Esta forma de experimentar el arte es, como advirtió el crítico George Steiner, un acto "de una indiscreción total". Es un encuentro "ingresivo y transformador", una "poderosa intrusión" que nos cambia. El poeta Rainer Maria Rilke capturó esta interpelación radical en su poema sobre el torso arcaico de Apolo. Después de describir la intensa energía que emana de la piedra, el poema concluye con una orden ineludible:
Debes cambiar tu vida.
Para lograr esta inmersión, la hermenéutica de Hans-Georg Gadamer nos enseña a "demorarnos". La espiritualidad ignaciana valora el reposo y la pausa ([Ej 76]), resistiendo el impulso de consumir una obra tras otra. Se trata de "dejar que se asiente el sabor de las cosas contempladas" hasta que "el sabor impregne todo mi ser". No buscamos acumular conocimiento sobre el arte, sino permitir que el arte moldee nuestra sensibilidad.
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Pero este encuentro transformador no ocurre en el vacío. Tiene una dirección, un propósito que nos saca de nosotros mismos. Desde la perspectiva ignaciana, el arte no es una distracción para escapar del mundo; tiene un horizonte claro: "buscar y hallar la voluntad divina". Según Romano Guardini, toda obra de arte auténtica posee una "dimensión escatológica". Esto significa que contiene una promesa de un mundo mejor, un "esbozo de algo que todavía no existe". El arte apunta hacia un futuro que nos llega desde Dios, despertando la esperanza.
Es crucial entender que esta dimensión espiritual no depende de la temática de la obra. Como afirma Guardini, "toda auténtica relación con la obra de arte desemboca en algo religioso". La experiencia de la belleza genuina es, en su raíz, un encuentro con lo divino.
Esta orientación se conecta con el fin último de la espiritualidad ignaciana: la "configuración con Cristo". Madurar en sensibilidad estética es un proceso para asemejarnos a Él, para "tener los mismos sentimientos que Cristo" (Flp 2,5). Es un camino estético que, como desarrolló el teólogo Hans Urs von Balthasar, consiste en adoptar la "Forma" (Gestalt) de Cristo. Paradójicamente, esta Forma suprema se revela en su opuesto: en la "no-Forma" (Ungestalt) del siervo sufriente, en la belleza deformada y crucificada que, por amor, contiene la máxima gloria.
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Estas tres claves nos invitan a un cambio fundamental de perspectiva. Nos mueven de ser meros consumidores pasivos de arte a convertirnos en participantes de una experiencia que nos interroga y transforma. Orar con el arte no es "usarlo" para nuestros fines, sino descubrir su capacidad innata de ser un lugar de encuentro. La transformación interior que el arte cultiva no es un fin en sí misma; nos impulsa hacia afuera, fomentando "personas sensibles, activas y 'agitadas' para servir a otros y mejorar el mundo".
La próxima vez que te encuentres frente a una obra de arte, ¿qué pregunta le harás? ¿O qué pregunta dejarás que ella te haga a ti?

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