LOZANO, Josep Mª.
Aplicación de sentidos: Habitar la mirada.
Cristianisme i Justícia. Colección Virtual
Nº 27, 2025. 81pp.
En tiempos donde la imagen se consume con
voracidad y la mirada se desliza superficialmente sobre lo visible, Aplicación
de sentidos: Habitar la mirada se erige como una invitación a detenerse, a
contemplar, a mirar con hondura. Josep M. Lozano, filósofo, teólogo y pensador
humanista, nos propone en este Cuaderno un recorrido por el arte como vía de
acceso a lo espiritual, como espejo de la condición humana y como espacio de
revelación. Publicado en la Colección Virtual de Cristianisme i Justícia, el
texto no es una historia del arte ni un tratado estético, sino una meditación
personal que se convierte en experiencia compartida.
Una mirada que transforma
Desde la presentación, Lozano establece
que su propósito no es explicar el arte, sino compartir cómo ciertas obras lo
han transformado. La pregunta que lo guía —«¿por qué lloramos ante los cuadros?»
— no busca una respuesta racional, sino abrir un espacio de espera, de
resonancia espiritual. Mirar, para Lozano, no es un acto pasivo, sino una
elección, una forma de habitar el mundo. Inspirado por John Berger y Otto
Scharmer, el autor nos invita a cultivar una «cuarta persona»: una conciencia
que nos atraviesa sin ser nuestra, que se manifiesta en el arte, el silencio y
la contemplación.
Lozano propone que la calidad de nuestra
vida depende de cómo miramos. La mirada no es solo percepción, sino
transformación. En ella se cruzan la esperanza, la libertad y la
espiritualidad. Esta idea se convierte en el hilo conductor del presente
Cuaderno, que recorre la creación de diversos artistas como estaciones de un
viaje interior.
Caravaggio. Claroscuro de la existencia
El primer artista que Lozano aborda es
Caravaggio, maestro del claroscuro y de la emoción cruda. En obras como La
muerte de la Virgen o La llamada de San Mateo, el pintor transforma
la iconografía religiosa en una experiencia de conversión. Caravaggio no
idealiza: muestra la verdad de las emociones vividas, la humanidad doliente,
los marginados de Roma. Su pintura es una «convocación», una llamada a salir de
uno mismo. Lozano lo vincula con la espiritualidad de Madeleine Delbrêl, quien
veía el Evangelio en la gente de la calle. Caravaggio nos enseña a mirar en la
sombra, a sentirnos parte del cuadro, a confrontar la polaridad que atraviesa
nuestras vidas.
Vermeer, el pintor del silencio, eleva lo
cotidiano a lo sublime. En La lechera, por ejemplo, revela la plenitud
de la humanidad en lo ordinario. Lozano conecta esta mirada con la
espiritualidad ignaciana y el zen, donde Dios se encuentra en todas las cosas.
Vermeer educa la mirada para ver desde el silencio, sin juicio, y nos invita a
contemplar la intimidad del otro con respeto. Para Lozano, Vermeer es un
maestro de oración, donde «la atención es la oración natural del alma».
Goya. Verdad incómoda
Goya, con sus Pinturas negras y Los
desastres de la guerra, nos enfrenta a la brutalidad de la condición
humana. Su obra no busca la belleza, sino la verdad. El perro, en su
elocuente hermetismo, nos obliga a permanecer en un silencio abierto, sin
juicio. Goya nos recuerda que mirar también es confrontar lo que no queremos
ver, que la mirada puede ser denuncia, resistencia, compasión.
Maillol. Silencio en la materia
Maillol introduce el silencio en la
escultura. Sus formas depuradas y armoniosas nos enseñan a encontrar belleza en
el dolor, plenitud en el fragmento. Lozano destaca cómo Maillol revela que la
belleza no surge a pesar de las carencias, sino en ellas. Su arte nos invita a
aceptar la realidad incompleta y a descubrir la resonancia espiritual en la
forma.
Rouault. Misericordia en la miseria
Rouault pinta paisajes desolados y figuras
marginales —prostitutas, payasos— con una piedad extraña. Para él, Dios habita
en cada hombre sufriente. Su obra cuestiona nuestra capacidad de juzgar y nos
interpela con la pregunta: «¿irás algún día sin máscara?». El Miserere
condensa su visión de una humanidad herida que espera compasión y salvación.
Lozano lo presenta como un artista que nos obliga a mirar la miseria con
misericordia.
Morandi. Transfiguración de lo simple
Morandi, con sus frascos repetidos, nos
invita a detenernos, a mirar con paciencia y profundidad. Su obra es un
antídoto contra la prisa y la voracidad. En ella, los objetos pierden su
función para convertirse en presencias. Lozano destaca cómo Morandi revela que
en lo ordinario ya está todo presente, y que la mirada puede transfigurar lo
cotidiano en sagrado.
Rothko. Umbral del silencio
Rothko, con sus campos de color, nos
obliga a entrar en la pintura, a suspender la sobreestimulación y a educar la
mirada. Su obra es una meditación sobre el vacío y la impermanencia. La Rothko
Chapel, espacio ecuménico, se convierte en una paradoxa donde el visitante es
visitado, y donde el yo se disuelve en lo sagrado. «Silence is so accurate» (el
silencio es tan preciso), dice Rothko, y Lozano lo toma como clave para ver
cuando no hay nada que ver.
Chillida. Espacios para el espíritu
Chillida-Leku es descrito como un lugar al
que hay que volver. Sus esculturas, pesadas pero ligeras, crean espacios no
funcionales que son morada del espíritu. Chillida valora el «conocer al
conocimiento» y propone dibujar con la mano izquierda para que la sensibilidad
no vaya por detrás de la técnica. En obras como Elogio del horizonte, el
artista explora la promesa del horizonte como algo que se desplaza con
nosotros, abriendo la conversación espiritual.
Notas y apuntes: Plensa, Catany y Viola
En la sección final, Lozano incorpora algunas
otras voces, como son:
- Jaume
Plensa. Con sus
esculturas de letras, nos recuerda que cuidar el silencio es cuidar la palabra.
Nos invita a descubrir nuestras palabras verdaderas y a indagar en lo
desconocido de nosotros mismos.
- Toni
Catany, a través de
la fotografía, propone captar el instante decisivo, hacer visible lo
invisible y construir altares profanos en lo cotidiano. Su oración «¡Ayúdame
a mirar!» resume, de alguna manera, el espíritu de este cuaderno.
- Bill
Viola, con su
videoarte, dilata el tiempo y nos devuelve al silencio primordial. Su obra
es una iniciación a la meditación y a la calidad humana a través de la
tecnología.
En definitiva, Josep Mª Lozano
nos deja abierta la vía de la contemplación del arte como camino para renovar
la mirada, para encontrar a Dios en todas las cosas, en aquellas nombradas como
sagradas como también en aquellas definidas como profanas. Lozano nos invita a
cerrar los ojos, a vivir firmes, a tocar gentes y cosas como si fueran Él, y a
descubrir que en la contemplación de lo extraño y lo ajeno vamos resucitando sutilmente,
en silencio, en Presencia.

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