domingo, 28 de septiembre de 2025

La Vía de la Belleza: El Camino a Dios que el Mundo Moderno Olvidó

 



Más Allá de lo Bonito

Todos hemos sentido ese escalofrío. Ocurre al contemplar una puesta de sol que incendia el horizonte, al escuchar una sinfonía que parece tocar las fibras del alma o al pararnos frente a una pintura que nos deja sin palabras. Es un momento de asombro, una pausa en la rutina que nos conecta con algo más grande que nosotros mismos. La belleza nos detiene, nos conmueve y nos eleva, aunque sea por un instante.

Pero, ¿y si esa sensación de asombro no fuera solo una emoción pasajera, sino una invitación a algo más profundo? ¿Y si el impacto de la belleza fuera en realidad una señal, un lenguaje que nos habla de una verdad que a menudo ignoramos?

Este es el núcleo de la “Via Pulchritudinis” (la Vía de la Belleza), una idea profundamente explorada por pensadores como el Papa Benedicto XVI. Sostiene que la belleza, en sus formas más auténticas, no es un mero adorno superficial, sino un camino genuino y poderoso que puede conducirnos hacia la verdad, el bien y, en última instancia, hacia el misterio de lo trascendente.

1. La belleza: El argumento que la razón olvidó

En nuestro mundo contemporáneo, a menudo escéptico y saturado de información, los argumentos puramente lógicos sobre la fe pueden parecer insuficientes. Como diagnosticó el gran teólogo Hans Urs von Balthasar, en la cultura posmoderna «nuestros argumentos demostrativos de la verdad han perdido su fuerza de conclusión». Las defensas intelectuales están altas y la razón, a veces, se cierra a lo que no puede medir o demostrar empíricamente.

Es aquí donde la belleza ofrece una vía alternativa y, quizás, más necesaria que nunca. Como sugiere el documento del Pontificio Consejo para la Cultura, la Via Pulchritudinis no busca convencer a la mente a través de silogismos, sino que habla directamente al corazón. Es una senda experiencial que puede eludir las barreras intelectuales que hemos construido.

La belleza tiene la capacidad única de despertar a la persona desde dentro, de sacudirla de su indiferencia y abrir sus horizontes. Al encontrarnos con una belleza auténtica, ya sea en la naturaleza o en el arte, algo en nosotros se activa y nos abre a la posibilidad del misterio de Dios.

2. El "dardo" de la belleza que te hiere el alma

Benedicto XVI utiliza una metáfora poderosa para describir el efecto de la verdadera belleza: no es algo simplemente agradable o pasivo, sino que actúa como una "flecha" o un "dardo" que hiere el alma. No es un consuelo superficial; es una interrupción que nos despierta.

Pensemos en la experiencia de escuchar una cantata de Johann Sebastian Bach en el silencio de una iglesia, o al contemplar las agujas de una catedral gótica que se elevan hacia el cielo. En esos momentos, la belleza nos alcanza de una forma que la razón por sí sola no puede explicar. Esta "herida" no es destructiva; al contrario, es una apertura. Es el despertar de una profunda nostalgia, un anhelo por el infinito que todos llevamos dentro. Esa punzada nos recuerda que no estamos hechos solo para lo cotidiano y lo finito. Nos inquieta, nos saca de nuestra comodidad y nos pone en un camino de búsqueda de algo más, de Alguien más.

"Hay expresiones artísticas que son auténticos caminos hacia Dios, la Belleza suprema; más aún, son una ayuda para crecer en la relación con Él, en la oración."

3. El rostro crucificado: ¿Puede existir belleza en el sufrimiento?

La célebre frase de Dostoievski, «La belleza salvará el mundo», nos enfrenta a la idea más desafiante y paradójica de la Via Pulchritudinis. ¿Qué belleza puede salvar un mundo marcado por el sufrimiento, la injusticia y la muerte? La respuesta cristiana apunta a una belleza que no se encuentra en la armonía convencional, sino en el rostro del Cristo crucificado.

Aquí reside la paradoja central: Aquel a quien la Escritura llama «el más bello de los hijos de los hombres» se nos presenta en su Pasión desfigurado por el dolor, sin apariencia ni belleza que atraiga las miradas. Sin embargo, es precisamente en este abismo de sufrimiento donde se revela la forma más alta de belleza: la del amor total, radical y abnegado. Es la belleza de una entrega que se demuestra "más fuerte que el mal y la muerte".

Esta es la belleza redentora que Dostoievski intuía. No es una belleza estética que ignora la tragedia, sino una belleza salvífica que la asume y la transforma desde dentro. En el rostro del Crucificado, la belleza y el amor se vuelven una misma cosa, mostrando su verdadero poder para salvar.

4. El arte no es decoración, es un lenguaje universal

A menudo relegamos el arte, especialmente el arte sacro, a un papel meramente decorativo. Pero según la visión de Benedicto XVI, su función es mucho más profunda: el arte es un lenguaje universal capaz de trascender las barreras culturales y temporales.

Una obra de arte sacro puede comunicar verdades espirituales profundas de manera más inmediata y universal que un tratado teológico. El mensaje de la fe, encapsulado en la belleza de una pintura, una escultura o una pieza de arquitectura, se vuelve accesible para personas de todos los orígenes. El arte tiene la capacidad de "guiar la mente y el corazón hacia el Eterno".

Instituciones como los Museos Vaticanos no son simplemente archivos del pasado, sino una «gran puerta abierta sobre el mundo». Ofrecen este patrimonio artístico universal como un espacio de diálogo entre el arte y la fe, invitando a hombres y mujeres de todo el mundo a contemplar la belleza y, a través de ella, a encontrarse con las preguntas más fundamentales de la existencia.

5. La Creación: La primera y más grande obra de arte

Antes de cualquier museo o catedral, la primera y más fundamental "vía de la belleza" está a nuestro alrededor: el mundo natural. La Creación es la obra de arte original y primordial.

Desde esta perspectiva, el universo no es simplemente un entorno físico, sino un reflejo de la belleza y la sabiduría de su Creador. Nos habla a través de un lenguaje de asombro, un sentimiento que se hace oración en las palabras del Salmo 8: «al ver tu cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado, ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él?».

Reconocer la belleza en la Creación es una invitación a redescubrir lo sagrado en nuestra vida cotidiana. Nos enseña a mirar el mundo no como un objeto para ser usado, sino como un don para ser contemplado, un signo visible que apunta a una realidad invisible, desde la inmensidad de un cielo estrellado hasta la delicada complejidad de una flor.

Conclusión: Una Invitación Abierta

La Vía de la Belleza nos enseña que esta no es un lujo superficial reservado para unos pocos, sino un camino profundo y significativo disponible para todos. Es un lenguaje que el corazón humano entiende instintivamente, una llamada que resuena en lo más hondo de nuestro ser.

«La Vía de la Belleza» es una invitación abierta a mirar el mundo, el arte, a los demás e incluso nuestras propias vidas con ojos nuevos, buscando las huellas de esa belleza que hiere, que eleva y que salva.

La próxima vez que la belleza te detenga en seco, pregúntate: ¿Qué es lo que realmente me está diciendo y hacia dónde me invita a mirar?

miércoles, 24 de septiembre de 2025

Aplicación de sentidos: Habitar la mirada. Reseña


LOZANO, Josep Mª.

Aplicación de sentidos: Habitar la mirada.

Cristianisme i Justícia. Colección Virtual Nº 27, 2025. 81pp.



En tiempos donde la imagen se consume con voracidad y la mirada se desliza superficialmente sobre lo visible, Aplicación de sentidos: Habitar la mirada se erige como una invitación a detenerse, a contemplar, a mirar con hondura. Josep M. Lozano, filósofo, teólogo y pensador humanista, nos propone en este Cuaderno un recorrido por el arte como vía de acceso a lo espiritual, como espejo de la condición humana y como espacio de revelación. Publicado en la Colección Virtual de Cristianisme i Justícia, el texto no es una historia del arte ni un tratado estético, sino una meditación personal que se convierte en experiencia compartida.


Una mirada que transforma

Desde la presentación, Lozano establece que su propósito no es explicar el arte, sino compartir cómo ciertas obras lo han transformado. La pregunta que lo guía —«¿por qué lloramos ante los cuadros?» — no busca una respuesta racional, sino abrir un espacio de espera, de resonancia espiritual. Mirar, para Lozano, no es un acto pasivo, sino una elección, una forma de habitar el mundo. Inspirado por John Berger y Otto Scharmer, el autor nos invita a cultivar una «cuarta persona»: una conciencia que nos atraviesa sin ser nuestra, que se manifiesta en el arte, el silencio y la contemplación.

Lozano propone que la calidad de nuestra vida depende de cómo miramos. La mirada no es solo percepción, sino transformación. En ella se cruzan la esperanza, la libertad y la espiritualidad. Esta idea se convierte en el hilo conductor del presente Cuaderno, que recorre la creación de diversos artistas como estaciones de un viaje interior.

Caravaggio. Claroscuro de la existencia

El primer artista que Lozano aborda es Caravaggio, maestro del claroscuro y de la emoción cruda. En obras como La muerte de la Virgen o La llamada de San Mateo, el pintor transforma la iconografía religiosa en una experiencia de conversión. Caravaggio no idealiza: muestra la verdad de las emociones vividas, la humanidad doliente, los marginados de Roma. Su pintura es una «convocación», una llamada a salir de uno mismo. Lozano lo vincula con la espiritualidad de Madeleine Delbrêl, quien veía el Evangelio en la gente de la calle. Caravaggio nos enseña a mirar en la sombra, a sentirnos parte del cuadro, a confrontar la polaridad que atraviesa nuestras vidas.

 Vermeer. Silencio y plenitud

Vermeer, el pintor del silencio, eleva lo cotidiano a lo sublime. En La lechera, por ejemplo, revela la plenitud de la humanidad en lo ordinario. Lozano conecta esta mirada con la espiritualidad ignaciana y el zen, donde Dios se encuentra en todas las cosas. Vermeer educa la mirada para ver desde el silencio, sin juicio, y nos invita a contemplar la intimidad del otro con respeto. Para Lozano, Vermeer es un maestro de oración, donde «la atención es la oración natural del alma».

Goya. Verdad incómoda

Goya, con sus Pinturas negras y Los desastres de la guerra, nos enfrenta a la brutalidad de la condición humana. Su obra no busca la belleza, sino la verdad. El perro, en su elocuente hermetismo, nos obliga a permanecer en un silencio abierto, sin juicio. Goya nos recuerda que mirar también es confrontar lo que no queremos ver, que la mirada puede ser denuncia, resistencia, compasión.

Maillol. Silencio en la materia

Maillol introduce el silencio en la escultura. Sus formas depuradas y armoniosas nos enseñan a encontrar belleza en el dolor, plenitud en el fragmento. Lozano destaca cómo Maillol revela que la belleza no surge a pesar de las carencias, sino en ellas. Su arte nos invita a aceptar la realidad incompleta y a descubrir la resonancia espiritual en la forma.

Rouault. Misericordia en la miseria

Rouault pinta paisajes desolados y figuras marginales —prostitutas, payasos— con una piedad extraña. Para él, Dios habita en cada hombre sufriente. Su obra cuestiona nuestra capacidad de juzgar y nos interpela con la pregunta: «¿irás algún día sin máscara?». El Miserere condensa su visión de una humanidad herida que espera compasión y salvación. Lozano lo presenta como un artista que nos obliga a mirar la miseria con misericordia.

Morandi. Transfiguración de lo simple

Morandi, con sus frascos repetidos, nos invita a detenernos, a mirar con paciencia y profundidad. Su obra es un antídoto contra la prisa y la voracidad. En ella, los objetos pierden su función para convertirse en presencias. Lozano destaca cómo Morandi revela que en lo ordinario ya está todo presente, y que la mirada puede transfigurar lo cotidiano en sagrado.

Rothko. Umbral del silencio

Rothko, con sus campos de color, nos obliga a entrar en la pintura, a suspender la sobreestimulación y a educar la mirada. Su obra es una meditación sobre el vacío y la impermanencia. La Rothko Chapel, espacio ecuménico, se convierte en una paradoxa donde el visitante es visitado, y donde el yo se disuelve en lo sagrado. «Silence is so accurate» (el silencio es tan preciso), dice Rothko, y Lozano lo toma como clave para ver cuando no hay nada que ver.

Chillida. Espacios para el espíritu

Chillida-Leku es descrito como un lugar al que hay que volver. Sus esculturas, pesadas pero ligeras, crean espacios no funcionales que son morada del espíritu. Chillida valora el «conocer al conocimiento» y propone dibujar con la mano izquierda para que la sensibilidad no vaya por detrás de la técnica. En obras como Elogio del horizonte, el artista explora la promesa del horizonte como algo que se desplaza con nosotros, abriendo la conversación espiritual.

Notas y apuntes: Plensa, Catany y Viola

En la sección final, Lozano incorpora algunas otras voces, como son:

  • Jaume Plensa. Con sus esculturas de letras, nos recuerda que cuidar el silencio es cuidar la palabra. Nos invita a descubrir nuestras palabras verdaderas y a indagar en lo desconocido de nosotros mismos.
  • Toni Catany, a través de la fotografía, propone captar el instante decisivo, hacer visible lo invisible y construir altares profanos en lo cotidiano. Su oración «¡Ayúdame a mirar!» resume, de alguna manera, el espíritu de este cuaderno.
  • Bill Viola, con su videoarte, dilata el tiempo y nos devuelve al silencio primordial. Su obra es una iniciación a la meditación y a la calidad humana a través de la tecnología.

En definitiva, Josep Mª Lozano nos deja abierta la vía de la contemplación del arte como camino para renovar la mirada, para encontrar a Dios en todas las cosas, en aquellas nombradas como sagradas como también en aquellas definidas como profanas. Lozano nos invita a cerrar los ojos, a vivir firmes, a tocar gentes y cosas como si fueran Él, y a descubrir que en la contemplación de lo extraño y lo ajeno vamos resucitando sutilmente, en silencio, en Presencia.